¿Por qué no hay más protestas contra el yihadismo?

19/Sep/2014

Infobae, George Chaya

¿Por qué no hay más protestas contra el yihadismo?

Es notorio que EEUU y la
mayoría de los gobiernos europeos han cometido errores en sus programas
políticos como en su diplomacia en Oriente Medio. No hubo avances en articular
políticas que seduzcan a la calle árabe y cautiven el corazón y las ideas de
los musulmanes para alcanzar una victoria definitiva en la guerra contra el
terrorismo yihadista. Los resultados están a la vista. El ejército del califato
islámico (ISIS) es el emergente de los dislates de la administración Obama como
de sus colegas Hollande y Cameron. Ellos lo crearon junto a Qatar y,
posiblemente, nos lleven ahora a una nueva guerra cuyo resultado incierto puede
abrir puertas a la profundización de la brecha entre Oriente y Occidente al
intentar neutralizarlo.
Por no aparecer ante la
opinión pública como potencias imperialistas o racistas, los gobiernos
occidentales se muestran dubitativos al momento de pronunciarse sobre sus leyes
migratorias y la defensa de sus propias fronteras. Al tiempo que son reacios en
pedir a los inmigrantes -tanto- su asimilación como el respeto por las leyes de
los países de acogida para no dar una imagen xenófoba.
En su mayoría, los
occidentales se muestran confundidos y paralizados en aspectos inherentes a la
preservación de su propia civilización. Los programas educativos de sus
universidades no se han adaptado a la nueva realidad de las relaciones
internacionales -y hasta la evitan- para no ser acusados de supremacistas.
En resumen, Occidente
está inactivo y a la defensiva. Esto se aprecia en los conflictos de
legitimación de sus propias sociedades modernas que colisionan y viven en la
disociación de sus viejos pecados. De allí que su dirigencia política no actúa
por temor a ser sindicada como racista o imperialista en Oriente Medio.
En este proceso Occidente
está perdiendo la capacidad de discernir entre el bien y el mal, entregándose
así a corrientes que ejercitan el doble rasero y la deslegitimación. El ejemplo
más claro de estas conductas en la escena internacional es la demonización del
Estado de Israel y el silencio sobre los crímenes de las dictaduras árabes y
los grupos radicales yihadistas.
¿Pero cuál es la razón de
este actuar? Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo conoció que
6 millones de judíos habían sido sistemáticamente exterminados por los nazis
fue cuando se comenzó a hablar de antisemitismo. Pero ya no es el caso. Hoy la
memoria del Holocausto se desvanece en la historia mientras EEUU continua
engrosando la petro-riqueza de sus propios enemigos y Europa se empeña en negar
realidades innegables. Así, los islamistas toman el control de Naciones Unidas
y otros Organismos Internacionales, y la primavera árabe evolucionó hacia un
invierno desolador de destrucción de los derechos humanos y políticos de las
personas..
En este escenario las
universidades occidentales se convierten en centros de virulenta militancia y
retórica anti-estadounidense y anti-occidental. Así, la lógica y la verdad se
desvanecen en los claustros universitarios; los hechos y la historia son
ficción y se reescriben, las democracias son difícil de distinguir de las
dictaduras y el antisemitismo y anti sionismo se han vuelto complejos en su
separación.
Es cierto que criticar a
Israel no convierte a una persona en antisemita, lo mismo que criticar al
gobierno de Francia no hace a uno anti- francés. Pero una cosa es criticar a
Francia y algo muy diferente es declarar la ilegitimidad de la República
Francesa y promover su destrucción. El lector convendrá conmigo en que Francia
es una democracia guste o no, y lo mismo Israel que configura el único puesto
de avanzada de la democracia moderna en el Oriente Medio con el mismo e indiscutible
derecho a existir que Francia.
Usted como lector puede
pensar lo que desee. Pero le confieso que a mí me resulta curioso escuchar y
ver cómo activistas y estudiantes occidentales se pronuncian en favor del
boicot a Israel, al tiempo que jamás han mencionado la ocupación de iure que
Irán ejerce sobre el Líbano a través de Hezbollah, ni la propia financiación de
países árabes a grupos yihadistas que han tomado como hobby cortar cabezas.
Ante este escenario,
deberían surgir algunos interrogantes simples para cualquier persona bien
pensante y amante de la libertad y la paz. Por ejemplo: ¿Por qué no vemos
manifestaciones en Londres, París, Madrid, Buenos Aires, Brasilia, Santiago de
Chile, New York o Washington contra las dictaduras islamistas? ¿Por qué no hay
manifestaciones contra la esclavitud de millones de mujeres que viven sin
ninguna protección legal? ¿Por qué no hay manifestaciones contra el uso de
niños como escudos humanos? ¿Por qué no ha habido ningún liderazgo occidental
apoyando las víctimas de la dictadura Islamista en Sudán? ¿Por qué nadie
expresa ninguna indignación ante el terrorismo cometido a diario por el ISIS
contra los yazidies y cristianos en Siria e Irak? ¿Por qué no hay ninguna
protesta de los europeos contra el yihadismo? Y finalmente, ¿por qué Occidente
-en gran parte- está obsesionado con dos democracias reconocidas por la
comunidad internacional como son EEUU e Israel; en lugar de repudiar las peores
dictaduras del planeta.
Si Occidente no puede
reconocer la diferencia entre un Estado democrático y una dictadura, o entre un
yihadista y un hombre de paz; entonces, a todas luces nos encontramos ante el
mayor fracaso político, ético y moral de nuestro tiempo. Si se carece de la
capacidad para distinguir entre aquellos que defienden los valores básicos de
la humanidad y respetan la santidad de la vida ante quienes son los verdaderos
destructores de esos valores y justifican el asesinato y la decapitación de
inocentes en nombre de motivos religiosos o ideológicos, definitivamente estamos
en problemas. Y lo estamos más aún si no lo señalamos quienes adherimos al
respeto por la vida, la democracia y la libertad del hombre. Porque aquellos
ganados por el odio no comprenden que los que amenazan la existencia misma de
valores básicos en Oriente Medio; serán, a largo plazo, no solo una amenaza
regional, sino global e internacional.