3-8-2012 Mezcla. Se trata de una muestra retrospectiva que incluye además obras realizadas en los últimos meses
JORGE ABBONDANZA
«Sola» es el título de la muestra de pinturas que Linda Kohen inaugura hoy a las 19 horas en el Museo Nacional de Artes Visuales, donde podrá ser visitada hasta el próximo 2 de septiembre.
Nacida en Milán pero afincada desde su juventud en Montevideo (con algún paréntesis en Brasil y Argentina), Linda expone sus obras desde hace seis décadas y ha conquistado en ese largo trecho un prestigio y un reconocimiento para su modalidad pictórica. La más reciente de esas muestras fue en el verano pasado en la Fundación Atchugarry de Punta del Este, aunque poco antes hubo otras en Buenos Aires, en Estados Unidos y en Italia. Ahora lo que propone desde hoy en el Museo Nacional de Artes Visuales es una selección retrospectiva que incluye sin embargo piezas realizadas en los últimos meses. Junto a la pintura esa exposición añade una reconstrucción de su taller, como manera de compartir doblemente con el público su producción y su lugar de trabajo.
Linda pinta su espacio doméstico y allí se desprende de toda formalidad o todo protocolo social para incursionar en la intimidad, un ámbito habitualmente cerrado que se entreabre en sus obras y la presenta durmiendo, caminando por un pasillo, enfrentando la mesa del desayuno, conviviendo con algún fantasma del pasado. Esa opción supone dejar de lado la membrana del pudor o el aire de compostura que aconsejan los buenos modales para abordar un acto de entrega que formula calladamente (aunque lo emprenda para ser luego exhibido) con la sinceridad frontal que asume al pintarlo. Porque la obra expuesta es obsesivamente autorreferencial, y su presencia personal en ella es la marca que permite definirla y estimarla.
INTERIORES. Unicamente así se entiende que después de aparecer tiesa y de frente en unos autorretratos tradicionales donde su cuerpo se comporta con la docilidad de los modelos obedientes, pase a un relato más desusado, el que la muestra mirando desde su cabeza cómo marcha (con zapatos o descalza) por su casa, tendida sobre la cama o mirándose en el espejo. El espacio privado en que suceden esas cosas, y las posturas que ella adopta dentro de él, se convierten a través de la pintura en la visión de un clima ya no poblado por ese cuerpo sino por sus emociones, que son un campo de exploración tan plegado y tan frágil como el carácter de las imágenes que lo entregan. Ahí se maneja con elipsis, porque su presencia no se interrumpe ni siquiera cuando desaparece fisicamente de la tela, igual que los poetas cuando omiten cierta palabra pero mantienen su huella invisible en medio de una frase.
Linda pinta esas obras con pinceladas muy leves, cuya escasez de materia tiene la transparencia con que su ánimo se interna en esa faz tan íntima. La delgada capa de pintura facilita el acceso del observador a un territorio generalmente escondido, que así se vuelve propicio a la incursión y más permeable a las miradas. A eso se agrega la severidad de una paleta donde el cromatismo se limita a un arco de blancos, grises, azulados y algunos castaños, para que la economía tonal también sirva como vehículo de la comunicación de las ideas, y no como una capa que interfiere en la operación. Ese lenguaje muestra los hechos de la vida de la autora con lo que hay dentro de ellos: la memoria que los convoca, el sentimiento que los enriquece, las ausencias que los sombrean, la disciplina que los ordena y el trabajo artístico que les da un significado perdurable.
Pinturas de Linda Kohen en el Museo Nacional
03/Ago/2012
El País, Uruguay, Jorge Abbondanza