POR TIMOTHY GARTON ASH HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE OXFORD
Occidente se aferra a un par de clichés para leer el proceso en la región. Conviene dejarlos de lado para poder apoyar la democratización.
29/03/12
En Occidente hay dos clichés, dos imágenes opuestas, sobre la revolución egipcia y la Primavera Arabe. Una es la de las bellas y jóvenes revolucionarias, usuarias de Facebook y Twitter , que explican en perfecto inglés sus inmaculados objetivos laicos y liberales. La otra es la de los hombres islamistas, morenos y barbudos , que aprovechan un breve instante de semidemocracia para imponer su represión violenta, teocrática y misógina.
Como ocurre tantas veces, los clichés tienen una base de verdad. Hay en Egipto jóvenes, tanto hombres como mujeres, fantásticos, valientes e inteligentes, que han hecho frente a tremendas intimidaciones de todo tipo (desde balas de la policía hasta acoso sexual) y merecen que les demos toda nuestra solidaridad y todo nuestro apoyo. Y, desde luego, existen algunos monstruos islamistas. Pero los clichés ignoran dos verdades más amplias e importantes.
En primer lugar, el mayor obstáculo a la libertad hoy en Egipto, los que tratan de deshacer la revolución, no son los Hermanos Musulmanes, sino los militares que dominan el aparato de seguridad del Estado.
Ellos han dirigido las legiones de espías, matones y torturadores que, durante decenios, han aterrorizado a partidarios del Estado laico, salafistas, cristianos coptos y personas corrientes. En los últimos tiempos han encerrado a blogueros que se habían atrevido a criticarlos.
Controlan gran parte de la economía.
En segundo lugar, en la medida en que Egipto ha celebrado unas elecciones más o menos libres y más o menos limpias, los islamistas han ganado.
El PLJ y el salafista Al Nour controlan, entre los dos, una amplia mayoría en las dos cámaras del Parlamento. Gusten o no, por ahora son ellos -no los jóvenes urbanos y con educación que encabezaron la revolución en la Plaza de Tahrir- quienes han obtenido la victoria política.
No es extraño en una sociedad conservadora y de mayoría musulmana, en la que los Hermanos Musulmanes poseían ya una formidable organización clandestina . El PLJ hace concesiones y llega a acuerdos con el aparato militar y de seguridad, pero también intentará refrenarlo.
Un año después de la caída de Hosni Mubarak, esto no es con lo que soñaban los jóvenes revolucionarios de Tahrir. No es con lo que soñábamos los liberales de Occidente . No es otro 1989, con las consecuencias de aquel. Pero tampoco es 1979 en Irán, una revolución arcoiris que enseguida degeneró en una teocracia islamista represiva. Es Egipto y es 2012. Incluso mis amigos liberales y coptos dicen que un Gobierno islamista pragmático, que logre una reducción gradual del gigantesco aparato militar, burocrático y de seguridad del Estado, es quizá lo máximo a lo que pueden aspirar en un futuro próximo.
Si los que vivimos en países libres y más prósperos queremos contribuir a la transición en Egipto, debemos empezar por comprender qué está sucediendo allí, con toda su complejidad, todo su polvo y todos sus baches. No tenemos nada que perder, salvo nuestros clichés.
Copyright El País, 2012.
Para mirar la Primavera Arabe sin anteojeras
29/Mar/2012
Clarín, Timothy Garton Ash