Todas son dictaduras, de manera que es igual que se oprima a la gente por unas ideas o unos dioses, porque al final es lo que hay: pueblos silenciados, represiones violentas y corrupción que engorda las cuentas de los tiranos en los bancos donde el dinero esconde sus vergüenzas. Desde el pacto de la Ilustración, no hay diferencia entre Pinochet y Castro, entre Hitler y Stalin. Esta verdad inapelable no ha sido siempre tan clara, no en vano aún hay izquierdas jurásicas –esas que Horacio Vázquez Rial retrató en su libro La izquierda reaccionaria, felizmente reeditado– que aún cantan a Víctor Jara mientras veneran el póster de Castro. Y en el caso de Oriente Medio, esas mismas izquierdas son ruidosas cuando celebran la caída de Mubarak (por cierto, miembro de la Internacional Socialista), pero silenciosas cuando los opositores a los ayatolás se juegan la vida en Irán.