Como cualquier otro habitante de este planeta, durante las últimas semanas he estado pendiente de los sucesos dramáticos que envuelven al mundo árabe. Tal vez más que cualquier europeo o americano; al fin y al cabo, Israel y los países en cuestión no son los mejores amigos, y cada foco de intranquilidad local puede derivarse en problemas entre el régimen en cuestión y mi país. Nosotros, los israelíes, recordamos tantas ocasiones en que nuestro joven país ha tenido que afrontar conflictos militares, porque era algo así como el chivo expiatorio de los problemas internos de tales países.