Tres meses después de la inmolación del tunecino, Mohammed Bouazizi, cuyo nombre habrá que citar repetidamente, que desató la oleada de revueltas en el mundo árabe, los países que las secundan continúan avanzando hacia su resolución democrática. Las formas que van adquiriendo y los procesos por los que van pasando, tan diferentes entre sí, muestran la complejidad y la pluralidad de los países que engloban dicho mundo. Un universo que tan solo hace tres meses presentaba una imagen homogénea, todos parecían defensores fanáticos de la religión y el despotismo político, y que, sin embargo, ha resultado uniforme en el apoyo de sus jóvenes manifestantes contra el hartazgo y los valores de los gobernantes. Lo que esperábamos hace años que estallara finalmente ha estallado y la explosión ha puesto en evidencia tres cosas. La persistencia de la política exterior europea y occidental en algunos de sus errores. Unos acontecimientos insospechados que inauguran nuevas actitudes y, con ellas, nuevos comportamientos. Y algunas falacias que deben desmontarse antes de que se conviertan en futuros estereotipos con los que interpretar los actuales hechos y los venideros.