La élite política que viene gobernando Francia desde que Georges Pompidou matrimonió con Europa y el existencialismo fumaba Gitanes en el Flore no había visto nada igual. Una mujer “desgraciadamente inteligente”, según los más respetados articulistas liberales y de izquierdas. “Populista, combativa y muy eficaz en la radio y la televisión”. “La siguen los obreros y los más jóvenes”. “Su índice de popularidad es más elevado que el de Sarkozy”. “Asesina de Europa”. Así presentan a Marine Le Pen, que el pasado domingo, en las elecciones municipales y cantonales, consolidó su carrera ascendente. Una mujer que no viste estampados. Austera pero justamente ataviada. El maquillaje, que no se note. El pelo rubio, a menudo recogido, de monja seglar. Entró en el activismo político a los ocho años, cuando una bomba voló su casa. Y se crió a la sombra del padre hasta que Jean-Marie Le Pen, líder del Frente Nacional, le transfirió el poder como en la tribu.