TODAS las esperanzas nacidas en la revolución de la plaza Tahrir pueden verse malogradas si la sociedad egipcia no es capaz de defenderse de la minoría radical que a todas luces está tratando de llevar el país al caos. Los ataques contra los cristianos son actos indignos y despreciables, cuyo único objetivo es hacer imposible la transición a una sociedad democrática. Los coptos son tan egipcios como los musulmanes, fieles a una religión cuyo arraigo en aquellas tierras es muy anterior al nacimiento mismo del islam, por lo que no hay nada de extraño, ni de irregular, en su presencia en aquel país. Es más, en Egipto —como en la mayor parte de países de Oriente Próximo— la convivencia con los cristianos ha enriquecido a las sociedades en las que éstos insisten en permanecer, a pesar de los ataques de los que son objeto.
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