El primer vínculo es el parentesco cultural. Toda persona que reconoce que sus raíces están en Occidente debe admitir que la esencia moral de esa cultura se encuentra en la tradición judeocristiana. Da igual que la persona sea creyente, atea o agnóstica (como es mi caso). La noción del libre albedrío, el culto por la razón, la justicia y el diálogo, cultivado en las sinagogas, la hipótesis de que existen derechos naturales que no pueden ser conculcados por el Estado, el ideal de la libertad como valor supremo de la especie, la proposición de que es preferible la compasión y el perdón, provienen del legado judeocristiano con las adherencias que en el trayecto pudieron dejar el estoicismo y otras corrientes de pensamiento del mundo grecorromano.