Cuenta como anécdota el ministro de Educación y Cultura de Uruguay, Ricardo Ehrlich, que cuando el recién nombrado director del Ballet Nacional, el argentino Julio Bocca, se acercó el año pasado para proponerle 10 funciones de Giselle en un aforo de unas 2.000 personas, trató de ponerle freno, porque temía que no se llenara. Pero ocurrió lo impensable: «Las entradas para las 10 funciones se agotaron y se tuvieron que hacer dos más. Fue memorable la magia que se creó, la sala se llenó de público de todos los sectores de la sociedad y muchos jóvenes descubrieron el ballet», recuerda.