En Uruguay las iglesias no son perseguidas y casi no hay manifestaciones de odio religioso, aunque seguramente haya casos aislados. Tampoco es cierto que las iglesias y las religiones carezcan de influencia en la vida pública, que estén confinadas a la vida privada de los individuos o que estén ausentes de ámbitos como la educación. Sólo por citar dos ejemplos recientes: la mayor parte de la población apoya la legalización del aborto, pero los legisladores temen votarla porque algunas iglesias creen que la interrupción del embarazo es un crimen; la mayor parte de la población cree que los niños y adolescentes deberían recibir educación sexual, pero las medidas en esa materia se han venido tomando en forma muy tímida y muy lenta a lo largo de las últimas dos décadas porque algunas iglesias encuentran pecaminosas ciertas expresiones de la sexualidad.