En el mundo, lo sabía bastante bien, el extremismo islámico presentaba un desafío. Por ejemplo, había destruido la promesa de la gran revolución iraní, que había enfrentado a civiles desarmados contra un megalómano ensoberbecido por el petróleo y provisto de una despiadada red de policía secreta y un ejército enorme y comprado que al final fue demasiado mercenario y corrupto como para luchar por él. En un momento en el que Irán estaba en el umbral de la modernidad, un necrófilo de alas negras llegó volando del exilio en un jet francés e impuso una versión de su uniforme oscuro y pesado en un pueblo acostumbrado desde hacía demasiado tiempo a soportar la intimidación y a acatar las órdenes. Para la población femenina del país, al menos, la nueva esclavitud era más pesada que la anterior. Y para mis amigos de la izquierda iraní y kurda, la discusión sobre qué modelo de represión, prisión y tortura era más duro se convirtió en un tema de debate.