Lengua nacida de la marcha obligada, de la eterna necesidad de decir y de decirse; mezcla de aromas, voces y sentires que, en lugar de fundirse, se expandieron, creando uno de los idiomas más ricos y bellos que hay. Idioma de emociones, de andar por casa. Idioma musical y alegre (una suerte de sopa de pollo para el ánimo, para enmendar las desdichas aunque sólo sea en la geografía amena de la palabra). Kafka dijo, en un discurso introductorio sobre la lengua idish para una velada de piezas interpretadas por un actor amigo (Jizchak Löwy) que “las migraciones recorren el jargón -algo así como jerga – de uno a otro extremo. Todo ese alemán, hebreo, francés, inglés, eslavo, holandés, romano y aún latín está incluido en el jargón, por curiosidad y despreocupación; requiere bastante poder el retener juntos a estos idiomas en su estado”.
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