Si Ramallah (sede de la Autoridad Nacional Palestina, ANP) hubiera sido Roma, a Mahmoud Abbas, presidente de la ANP, lo habrían recibido a su retorno de Nueva York, el pasado domingo 25, con un arco del triunfo, como a los césares y grandes generales cuando regresaban victoriosos tras largas campañas. Abbas no tenía glorias que mostrar. No había derrotado a nadie ni conseguido algo que pudiera ser concreto, tangible o, al menos, seguro de obtener en un futuro cercano. La multitud que se agolpaba en el complejo gubernamental de La Mukata, sin embargo, se encontraba extasiada por lo que su líder dijo en la ONU, por enunciar sus más sentidas demandas y por un «¡basta, basta, basta!» que representó el sentir de este pueblo harto de un proceso de paz que, a 20 años de iniciado, parece ahora más extraviado que nunca.
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