Tras la aniquilación de Gadafi, derrocar a Bashar Al Assad parece ser el paso más lógico en el intervencionismo de occidente frente a la megalomanía y brutalidad de algunos gobernantes del mundo árabe. Con un saldo de al menos 3.500 muertos -según datos de las Naciones Unidas- desde que comenzaron las protestas en marzo contra el presidente sirio, organismos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han pedido llevar al régimen a la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad. El país tiene todos los boletos para ganarse el castigo. Pero el panorama no es tan claro como lo era en el Magreb. Siria no es Libia, y eso lo tienen claro tanto árabes como occidentales. A simple vista, la presión internacional es cada vez mayor. Alemania, Francia y el Reino Unido presentaron un proyecto de resolución ante la Asamblea General de la ONU para condenar la represión del régimen sirio. A su vez, la Liga Árabe suspendió a Siria como miembro de la organización y, ante el incumplimiento del régimen de Assad de detener la violencia, el organismo panárabe enviará una misión de observadores al país asiático.
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