Israel enfrenta la mayor erosión de su entorno estratégico desde su fundación. Se ha alejado de su antiguo aliado, Turquía. Su archienemigo, Irán, es sospechoso de desarrollar una bomba nuclear. Los dos estados más poderosos de su frontera – Siria y Egipto – se han convulsionado por las revoluciones. Los dos estados más débiles de su frontera – Gaza y el Líbano – están controlados por Hamás y Hezbolá. Fue en este contexto que el primer ministro Binyamín Netanyahu se presentó ante la Knéset argumentando que el despertar árabe era la causa del retroceso del mundo árabe y de su transformación en una «ola islámica, anti-occidental, anti-liberal, anti-israelí y antidemocrática». En un escenario así, ceder territorios a los palestinos era del todo imprudente, declaró: «No podemos saber a ciencia cierta en manos de quién habrá de terminar cualquier porción de territorio que cedamos».