Alemania año cero, filme de Roberto Rossellini (1947), pone a un niño a deambular por una nueva geografía: un paisaje destruido y un estado mental atolondrado. Ahora lo único que importa, para ésta criatura, es la sobrevivencia. No sólo la del cuerpo sino cómo reubicar al sujeto en este nuevo paisaje mental, la de esa ruptura abrupta y traumática con lo familiar, lo conocido desde siempre entonces, cómo sintomatizar con ese resto, no sólo con el a como operación de la constitución del sujeto, sino con los escombros, tanto edilicios, familiares, corporales y mentales. Rossellini dice en su filme de una “moral sin rumbo”. En parte porque los antiguos verdugos del nazismo se reinstalaron en lo cotidiano sin puniciones, pero lo que es peor aún, es que marcaron el paradigma de una nueva orientación político- social: la del crimen sin castigo dando un nuevo valor a la impunidad como condición jurídica y de intercambio social. La ética del buen hacer y del bien decir junto a una moral como un uso de lazo social dejaron de estar en vigencia según la máxima kantiana.
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