El director de La Vanguardia terminaba su columna de ayer subrayando que el imán de Terrassa que echa sermones aconsejando que se pegue a las mujeres era considerado un clérigo «de talante moderado». El asunto pone en evidencia la siempre sorprendente distancia entre la realidad embrollada de las cosas y las etiquetas que utilizamos para designarla. Lo que pasa es que decir de un imán (o de un cura, un político, un periodista, o un entrenador) que es moderado permite relajarse e incluso bajar la guardia. Calla, tú, que estamos en manos de los moderados. Queremos vivir sin congojas y la moderación -real o falsa- es un tranquilizante de primer orden y ahorra mucho trabajo a las autoridades competentes.