Hubo un tiempo en el que la periodista italiana Oriana Fallaci era consideraba un símbolo de la lucha por las libertades democráticas y un modelo a imitar por quienes se dejaban la piel en la defensa de los derechos humanos, hasta que le metió el diente a las perversiones ideológicas y terroristas del Islam radical y misógino. Entonces la progresía oficial europea le volvió la espalda y la tachó de intransigente y racista, ensuciando con saña su imagen hasta reducirla a la dimensión perversa de un símbolo de la intolerancia contra la que ella tanto había luchado.