Ya hace tiempo que algunas organizaciones de derechos humanos que tenían prestigio han derivado en plataformas de agitación que usan dicho prestigio para vender pura ideología. Convertidas en el último refugio solvente de la izquierda fuera del sistema, su nombre aún enciende focos, pero sus palabras apagan esperanzas. Personalmente me resulta triste ver esta derivada hacia la ideologización más burda de entidades como Amnistía, cuyo verbo de antaño esperábamos como agua de libertad. Pero ese tiempo pasó, y hoy Amnistía juega a la política desde fuera de la política, y lo hace de la forma más taimada: escondiéndose detrás de datos pretendidamente objetivos. Sin embargo, se nota tanto el cartón de sus obsesiones, que cae todo el decorado.