Adolf Hitler se definió a sí mismo como un propagandista antes que un político. Así lo corrobora Ian Kershaw en una monumental biografía de 1332 páginas (2008): «Más que ningún otro político de su época, expresó en voz alta los miedos, los rencores y los prejuicios extraordinariamente profundos de la gente corriente. (…) Si no se hubieran dado las condiciones únicas en las que llegó a adquirir importancia, Hitler no habría sido nada.» Lo mismo podría decirse de toda la camarilla nazi.