Viajar de El Cairo a Tel Aviv en un vuelo directo a estas alturas de la transición política egipcia resulta una experiencia digamos extraña. Las autoridades egipcias se empeñan en que el trayecto en cuestión sea lo más fantasma posible. Se trata de hacer como si no existiese, de guardar las formas en un momento en el que los líderes políticos y militares evitan cualquier gesto de acercamiento al vecino Israel. Más bien al contrario. Echan leña al fuego antiisraelí, porque saben que es un tema que siempre cotiza al alza en los mercados electorales.