Los pobladores de los barrios del sur vieron pasar a los milicianos islámicos sin estimar lo que iba a suceder. Con turbantes, barbas largas, picos, mazas y unos cuantos fusiles Kalashnikov llegaron al cementerio de Djingareyber. Pocas horas más tarde salieron a los gritos por el mismo camino que habían tomado. “¡Dios es grande!”, repetían una y otra vez. Detrás había quedado destrozado el monumento a Sheij al Kebir, construido en 1327. Esa misma suerte sufrieron el fin de semana siete de los 16 mausoleos a los santos musulmanes y la mezquita más grande de Tombuctú, la mítica ciudad de Malí, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1988. Todos fueron atacados por un grupo salafista que controla el norte del país, tras un golpe de Estado cometido contra el gobierno central el 22 de marzo.