Bashir al Ássad sigue, las matanzas también, así como las sonoras e inanes condenas de Occidente y el debate sobre los imperativos morales de la intervención, sus excelencias y peligros. Las consideraciones humanitarias pueden llegar a decidir cuando el desastre es grave y bien publicitado y el coste bajo y con buenas recompensas propagandísticas, pero el verdadero estímulo es el premio estratégico: el golpe fatal a Assad lo recibirían en la cara los Ahmadineyads y Jomeneís y su aliado el Hezbolá libanés. ¡Todo un vuelco estratégico en el Oriente Medio! Si se sopesan ventajas y posibles inconvenientes –todo en una guerra puede salir mal y entre los poco conocidos opositores puede que no haya mucho trigo limpio– la balanza argumental está bastante equilibrada, excepto para los abogados de una u otra causa, que al fin y al cabo son la mayor parte de los que opinan. Pero no cuentan razones. La pesa decisiva la proporciona la voluntad de Obama de hacer campaña electoral como el que concluye guerras, no como quien empieza una más.
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