Holocausto, nazis, Goebbels, exterminio, antisemitas, cámaras de gas. Las palabras que alguna vez apenas alcanzaron para describir el horror del Tercer Reich y sus millones de muertos suenan hoy vacías en frases de irresponsables dirigentes que, en una absurda escalada de violencia verbal, apenas surfearon en la historia para encontrar un adjetivo más fuerte con el que descalificar al otro. Y sepultar de paso cualquier intento de debate, porque, ¿quién quiere discutir con un nazi? Comparar la Alemania de Adolf Hitler y sus métodos para perpetuarse en el poder con la Argentina de 2012 no sólo es estúpido y falaz. Es peligroso. Y lo es más cuando los que sueltan estas ideas con una liviandad sorprendente son hombres y mujeres públicos cuyos discursos tienen una amplificación que los obliga a ser doblemente responsables.