Adolf Hitler se consideraba un artista y no perdía ocasión, dice Ian Kershaw, de exponer largamente sus «opiniones precipitadas y repletas de tópicos sobre el arte y la cultura, ámbitos en los que […] no era más que un dogmático sabelotodo.» Buena parte de su pandilla de gángsters también lo era; Joseph Goebbels en primer lugar. El Ministro de Propaganda y Educación Popular del Reich, tenía, al menos, algunos méritos académicos y capacidad de observación y análisis sobre las artes y la comunicación de masas. Sin embargo, aun desde su poder absoluto no fue capaz de producir obras que le trascendieran, salvo los documentales de Leni Riefenstahl, a quien odiaba, o una canción popular contra la que luchó inútilmente.
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