«La decisión es un momento de locura.» La cita de Kierkegaard está en El regreso del húligan , la autobiografía de Norman Manea. El escritor rumano, que vino a Buenos Aires para presentar su novela La guarida (Tusquets), completa el pensamiento con una reflexión igualmente certera: «La indecisión tampoco parecía ser algo distinto. La locura de la indecisión duraba más de un año, después de haber durado toda una vida». La indecisión a la que se refiere Manea tenía que ver con su resolución de dejar no sólo Rumania, sino también Europa, y partir al exilio. Eso ocurrió en 1986. Tras pasar un primer período en Berlín Occidental, se exilió en Nueva York, la «capital dadaísta», como él la llama, en busca de la libertad. Dejaba atrás una dictadura sangrienta y la censura de Ceaucescu, pero también un tipo de cultura y, sobre todo, la lengua. Era un hombre de 53 años (nació en 1936), un autor de prestigio en su patria y en el extranjero, pero apenas si sabía inglés y lo primero que hizo en la nueva ciudad fue asistir a un curso de idioma. Más de dos décadas después, sentado en el lobby de un hotel de Recoleta, prefiere hablar en inglés a hacerlo en francés; sin embargo, los ojos le brillan de entusiasmo y quizá de nostalgia porque unos minutos antes fue entrevistado en rumano por una periodista, un hecho absolutamente inesperado que lo transportó por encantamiento lingüístico de una capital latinoamericana a Bucovina, la región de los Montes Cárpatos de la que es oriundo. El exilio de 1986 fue el segundo en la vida de Manea. A los cinco años, en 1941, fue deportado con sus padres y sus abuelos a un campo de concentración en Transnistria (Ucrania), donde permaneció hasta el fin de la guerra. Esa experiencia le enseñó de un modo imborrable lo que significaba ser judío en un país que había caído en manos de un gobierno pronazi. Sus abuelos murieron en el lager.
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