Cuando los comunistas derrotaron al Kuomintang, los vencidos no capitularon sino que se atrincheraron en Taiwán, produciendo una secesión que rige hasta hoy, de facto, aunque el mundo no reconozca en términos jurídicos la independencia de la isla. Algo similar podría ocurrir en Siria si el régimen es finalmente derrotado. Y más allá de la retórica internacional, la partición territorial tendría buena acogida porque evitaría que sufran pogromos, masacres y deportaciones tanto la minoría religiosa que conformó la elite del poder, como las que colaboraron con el régimen del Partido Baas, porque su carácter secular las ponía en pie de igualdad con la mayoría sunita.