Las manifestaciones de la semana pasada en el mundo arábigo-musulmán dejaron varios muertos, empezando por el embajador estadounidense Stevens, amigo de Libia y arquitecto de su liberación.
Pero, además, dejaron otra víctima colateral, y qué víctima, pues se trata ni más ni menos que del pueblo sirio en su conjunto, apaleado como nunca, bombardeado cada vez más, ante la indiferencia de unas naciones que solo esperaban un pretexto como este para enterrar sus tímidas y recientes veleidades de intervención: “Si esto es la primavera árabe —murmuran en las cancillerías—, si así se lo agradecen a aquellos que, como el embajador Stevens, creyeron en esta liberación, entonces ¿para qué abrir un nuevo frente, una nueva caja de Pandora?”.