Lo había advertido con claridad Brent Scowcroft. Sin una dictadura sunita, Irak estallaría en tres pedazos. El norte marcharía hacia el viejo sueño del Kurdistán, que sólo se materializó un par de años tras la Primera Guerra Mundial. El sur se convertiría en un Estado chiita, probablemente teocrático como Irán. Y en el centro quedarían los sunitas con las minorías árabes cristianas, sin yacimientos petroleros.