Un año atrás, el Estado Islámico tomaba Mosul, una ciudad de tamaño similar a Montevideo, la segunda mayor de Irak, y la convertía en una gigantesca sala de tortura y horror. Pero la noticia no recibió demasiado destaque. Un grupo casi desconocido que tenía la petulancia de llamarse Estado dentro de una multitud de grupos extasiados con hacer la guerra santa, inmolarse, saltar al paraíso donde esperan decenas de vírgenes enviando al infierno a los enemigos. Una manga de locos.