Probablemente ha sido Rolf Hochuth en su obra teatral, “El Vicario” (1963) quien ha acusado a Pío XII con los cargos más graves. Lo presentó como un dirigente egoísta, obsesionado exclusivamente con el bien de la Iglesia y emocionalmente desentendido del genocidio del pueblo judío planeado por Hitler. Al parecer, Pío XII vivió convencido de que había condenado la violencia que se perpetraba contra hijos de Israel, pero lo hizo “en el mesurado lenguaje diplomático que había hecho suyo desde su juventud”.