Ronald S. Lauder, 71 años, es un hombre muy poderoso. Se siente incluso al teléfono. Por ser uno de los mayores mecenas del planeta arte, por tener una fortuna que supera los 3.100 millones de euros, por ser hijo de la legendaria Estée Lauder —la fundadora del coloso de los cosméticos que lleva su nombre— y por ser el presidente del Congreso Mundial Judío. Pero desde hace 25 años también persigue con un tesón discreto pero incesante el arte expoliado por los nazis a las familias judías. No quiere hablar de arte “perdido” sino “robado”. Ese empeño le ha llevado hasta el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, cuya colección están “inventariando”. Y advierte: “Habrá sorpresas”.