Hiela la sangre, aunque no sea invierno. Se corta la respiración, aunque sople un viento fresco. No salen las palabras y el alma parece hacerse añicos. Mil sensaciones recorren el cuerpo y la mente cuando uno sabe que va a ingresar al mayor escenario de horror que supo tener el planeta durante el siglo XX: el Campo de Concentración de Auschwitz, en Polonia.