El testimonio más conmovedor de La niña que miraba los trenes partir, de Ruperto Long, es el de la niña Charlotte, hoy residente en Uruguay. Ella recuerda su experiencia como niña judía que debió huir con su familia de Bélgica a Francia para evitar la deportación a los campos de exterminio. Luego los alemanes entraron a Francia y allí sobrevivieron durante años escondiéndose de las SS y la Gestapo. Recibieron la ayuda de muchos franceses no judíos. Es, por tanto, un canto a la humanidad, un gesto de solidaridad ecuménica en medio de la barbarie, pero que apenas muestra el complejo contexto social y político que existía en la Francia de entonces.
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