La diplomacia continuaba sus carriles normales. Era 1939 y Adolf Hitler prometía a Varsovia que la paz entre Alemania y Polonia estaba garantizada. Repetía en cada despacho diplomático que cualquier tipo de controversia se resolvería sin el uso de las armas. Hitler, sin embargo, tenía otros planes secretos y macabros. Ya había iniciado su feroz persecución contra los judíos y su maquinaria había comenzado a exterminarlos. Pero aún no había extendido las fronteras de su país. Y Polonia sería su primer gran objetivo.