A días de cumplirse 24 años del ataque terrorista que destruyó el edificio sede de la AMIA, vemos que, nuevamente se conmemorará con total impunidad y que en el transcurso de estos años hubo indolencia, lenidad, corrupción, crímenes y traición a los propios argentinos. Es el segundo golpe terrorista en América Latina, planificado y perpetrado por una teocracia islamista. Dos años antes, un embate explosivo semejante redujo a escombros el predio de la embajada de Israel en Buenos Aires. Ambas arremetidas demuestran que no solo se trata de la violencia dirigida contra Israel, cuya existencia es rechazada por extremistas musulmanes; va más allá, revelan que tampoco se acepta al pueblo judío, remontándonos a los propósitos del nazismo. Además, certifican que los argentinos fueron víctimas y que cualquier país puede ser vulnerable a este tipo de brutalidad.
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