Asistimos horrorizados, una vez más, a la muerte
despiadada de tres jóvenes e inocentes víctimas israelíes. Cobardes asesinos
secuestraron a estos adolescentes que confiadamente pedían asistencia en
carretera, para ser transportados a sus domicilios. En cambio, fueron
agazapadamente secuestrados y muertos por quienes eligen las sombras para
ocultarse, ya que no se animan a pelear de frente.
Un terrible sentimiento de frustración y dolor corroe
los sentimientos de sus amargadas familias, que nunca más verán a sus hijos, a
quienes estaban educando en valores permanentes del judaísmo. Vidas cegadas con
vesania y odio implacables, por quienes forman parte de una organización
terrorista, cuya meta es destruir a todos los judíos de la manera salvaje con
que asesinaron a estos jóvenes hijos del pueblo y del Estado de Israel, y que
lo han demostrado en numerosas ocasiones.
El secuestro es uno de los crímenes más perversos que
puedan cometer seres humanos contra otros seres humanos. No hay razón que pueda
justificarlo. Es valerse de la sorpresa y la inferioridad de condiciones de las
víctimas, para causarles todo tipo de padecimientos y hasta la muerte, sin que
se puedan siquiera defender.
No es la primera vez, y pensamos que no será la última,
que esta clase de fanáticos ha perpetrado contra judíos. La gente de bien de todo
el mundo, los repudia y condena. El corifeo que lo aprueba y respalda, acompaña
con indisimulada satisfacción que se sigan perpetrando. Piensan que los judíos
merecen ese destino. No abogan por la paz en Medio Oriente, y anuncian una y
otra vez que no la quieren. Se asocian
desembozadamente a quienes proclaman el exterminio del Estado de Israel, y del
pueblo judío.
Corre el tiempo, y vamos sintiendo que de poco vale
querer la paz y ofrecerla, si la otra parte no quiere vivir en paz. El precio
que debe estar pagando Israel para hacer valer su derecho a existir, es
demasiado gravoso. Cuando es atacado y herido, hay miles de “razones” que
intentan justificar todo tipo de atropellos. Si reacciona en defensa propia,
está siempre mal, y su reacción “no guarda proporción” contra quienes lo han
atacado.
Israel tiene clara conciencia de la antigua enseñanza
latina Vis pacem para bellis ( si quieres paz, prepárate para la guerra). Debe
seguir confiando que hay en este mundo mucha gente que lo apoya y que condena a
quienes quieren destruirlo. Son nuestros buenos amigos. Pero, para guardar la
existencia nacional, defenderla con firmeza, y actuar cuando sus autoridades lo
entiendan necesario, tiene que valerse por sí mismo. Luego de miles de años,
por primera vez, y en nuestro tiempo, los judíos tenemos nuestro destino en
nuestras propias manos. NO tenemos que seguir implorando piedad y tolerancia
para que nos dejen vivir y tolerar que cuidemos nuestra identidad. Una de las razones fundamentales que dieron
nacimiento a Israel, es precisamente ser soberanos de nosotros mismos y de
nuestro destino. No tenemos que volver a
pedir permiso a nadie para seguir siendo el pueblo que ha conservado y
seguirá conservando su identidad y existencia. Nadie tiene más derechos que nosotros,
a preservar la heredad y esencia que han recibido. La gozamos en nuestro presente, y la transmitiremos a nuestra descendencia.
Hemos aprendido a ser los guardianes de nuestra vida y de nuestra dignidad. No
albergamos odio ni miedo. Pero no retornaremos a los ghettos ni a los campos de
concentración. Seguiremos viviendo y disfrutando siempre la tierra de nuestros
mayores, que nos pertenece por derecho propio, y que sólo el esfuerzo colectivo
nacional la está haciendo florecer como nunca. Tendrán que acostumbrarse a esta
irreversible verdad y realidad. No somos ni seremos los parias de la historia.
Y si quieren negarlo o dañarlo, se encontrarán siempre con los aguerridos
defensores de nuestro pueblo y del Estado Judío que ha nacido en 1948 y seguirá
vivo y firme por los tiempos de los tiempos.
El indignante asesinato de estos hijos de Israel no
quedará en el olvido, y no habrá ocurrido en vano. Quienes deben pagar por su
repudiable conducta, recibirán el castigo que merecen. ¡Somos el pueblo del
Libro…y de los Macabeos!