Quizá el peor trauma que haya sufrido la
comunidad judía de Estados Unidos fue el juicio y linchamiento de un joven
judío en el estado de Georgia, hace exactamente un siglo. Aunque casi olvidado,
este acontecimiento acecha aún en lo recóndito de la memoria de la mayor de las
diásporas, como un recordatorio de que el odio antisemita puede volverse
homicida en el lugar menos esperado.
El condado de Cobb, en el estado
norteamericano de Georgia, es un próspero suburbio de 700.000 habitantes de la
ciudad de Atlanta; incluye una creciente comunidad judía de 8000 familias, que
cuenta con cuatro sinagogas y dos restaurantes que ofrecen especialidades
kasher.
Pero hace cien años el condado de Cobb era una
tranquila comunidad mayormente agrícola. El 16 de agosto de 1915, una turba
iracunda invadió una remota prisión, secuestró a un hombre, lo trasladó a Marietta
—capital del condado— y lo colgó de un roble, en el único linchamiento conocido
de un judío en la historia de Estados Unidos.
Leo Max Frank era un joven de 31 años nacido
en Texas que creció en Nueva York, donde obtuvo un título en Ingeniería Mecánica
por la Universidad de Cornell. En 1908 se mudó a Atlanta para trabajar como
gerente de la fábrica de lápices National Pencil Factory —de la cual su tío
Moses Frank era uno de los propietarios—, tras haber hecho un curso en la
conocida firma Eberhard Faber de Alemania. En 1910 se casó con Lucille Selig,
miembro de una prominente familia de origen judeo-alemán.
Ya había trascurrido medio siglo desde el
final de la Guerra Civil estadounidense; pero en Georgia, como en el resto de
los estados del sur, aún existía resentimiento por lo que llamaban la “Guerra
de Agresión del Norte”. Había mucha pobreza y, debido al escaso desarrollo de
la legislación laboral, muchas empresas empleaban a niños como obreros.
Mary Phagan, de 13 años, trabajaba en la
National Pencil Factory. El 26 de abril de 1913, un sábado, la niña tomó el
tranvía desde su casa cerca de Marietta en camino a Atlanta, donde asistiría al
desfile del Día de la Confederación; en el trayecto se detuvo en la
NationalPencil Factory para cobrar su paga semanal: un dólar con 20 centavos.
Leo Frank le pagó a la jovencita y, según su
testimonio, ella se marchó. Nadie volvió a verla con vida. Muy temprano a la
mañana siguiente, el vigilante nocturno encontró su cadáver en el sótano de la
fábrica; su rostro estaba cubierto de hollín, tenía un profundo corte en la
cabeza, una cuerda alrededor del cuello y su vestido estaba subido. Junto al
cuerpo había unas notas garabateadas que decían que “un hombre alto y negro”
había sido el culpable.
Durante los días siguientes la policía de
Atlanta arrestó a varios sospechosos, incluyendo al propio vigilante y al
barrendero, ambos negros, así como a Leo Frank, pues había estado presente en
la fábrica el día del crimen.
Los medios encontraron la historia
irresistible, y alimentaron el morbo de las masas compitiendo en un tono
típicamente sensacionalista. El caso se convirtió en un acontecimiento nacional
con todos los ingredientes: una niña inocente de familia pobre como víctima, y
un judío rico más dos negros entre los sospechosos.
El diario más escandaloso fue The Atlanta
Georgian, propiedad de la cadena de periódicos amarillistas de William
Randolph Hearst, que publicó nada menos que 40 ediciones “extra” el día que se
reveló el asesinato de Phagan. Muchos periódicos ofrecían recompensas por
información que llevara al culpable; unos reporteros pidieron incluso
“prestada” parte de la evidencia policial del caso, que luego desapareció, lo
que dificultaría que se hiciera justicia. Tom Watson, un político populista y
dueño del diario The Jeffersonian, entró en la competencia con un énfasis
claramente antisemita.
Juicio y prejuicio
El barrendero, James Conley, además de ser uno
de los sospechosos, fue el principal testigo contra Frank en el juicio que se
llevó a cabo entre julio y agosto de 1913. Al principio negó saber nada sobre
el asesinato; luego de algunas semanas de prisión e interrogatorios cambió su
declaración cuatro veces. Finalmente, dijo que Frank había matado a la
jovencita por negarse a sus insinuaciones, y que le había pedido que lo ayudara
a ocultar el cuerpo; incluso declaró que Frank le había le dictado las notas
encontradas en el lugar del crimen.
Varios testigos dijeron entonces que Leo Frank
tenía un “carácter corrupto e inmoral” y que “trataba de seducir sistemáticamente
a las mujeres y niñas que trabajaban en la fábrica”, lo que fue divulgado
ampliamente por la prensa y puso a la opinión pública en contra de Frank. El
principal diario en idish de Nueva York, Forverts, que entonces era muy
influyente, denunció el juicio como una farsa y afirmó que el caso estaba
fuertemente marcado por el antisemitismo. The New York Times también criticó la
forma en que se estaba realizando el juicio; entonces muchos en Georgia
afirmaron que “la prensa del norte, propiedad de judíos, quiere interferir en
la justicia del sur”. Tom Watson escribió en The Jeffersonian: “Esto debe estar
costándole mucho dinero al pueblo elegido”.
De hecho, los abogados de Frank plantearon
abiertamente que las declaraciones de los testigos y el odio público hacia
Frank estaban influidos por el antisemitismo. Después de todo, él representaba
lo que muchos en Georgia aborrecían: un joven que llegó del Norte, acaudalado,
gerente de una industria en una sociedad mayormente agraria, y además judío. El
ambiente contra el acusado era tan intenso que el juez temió que lo asesinaran,
y por ello dispuso que no estuviera presente en la corte el día del veredicto.
Cuando se anunció que Leo Frank era declarado
culpable y condenado a muerte en la silla eléctrica, miles de personas que se
habían aglomerado en las calles adyacentes aullaron de júbilo.
Frank fue trasladado a la prisión de
Milledgeville, a unos 150 kilómetros de distancia, para resguardar su vida; sin
embargo, otro recluso trató de asesinarlo rajándole la garganta; Frank apenas
sobrevivió.
Los abogados apelaron y llegaron hasta la
Corte Suprema de Justicia, donde los jueces decidieron en contra de Frank por 7
votos a 2. Sin embargo, los abogados insistieron ante el gobernador de
Georgia, John Slaton, quien finalmente conmutó la pena por cadena perpetua en
junio de 1915. Entonces una multitud de miles de personas marchó en protesta
frente la residencia del gobernador, y su efigie fue quemada públicamente en la
ciudad de Marietta.
Muerte planificada
En aquella época, los linchamientos eran
comunes en el sur de Estados Unidos. En 1906, 25 hombres negros fueron
asesinados y 150 heridos durante una revuelta racista en Atlanta, desatada por
el rumor de que una mujer blanca había sido violada por un negro. Tan solo en el
año 1915 fueron linchados 21 negros.
Sin embargo era raro que se linchara a un
hombre blanco, y los judíos estaban por lo general bien integrados a la
sociedad sureña. La pequeña comunidad judía de Marietta, por su parte, estaba
dedicada mayormente al comercio y prosperaba. Pero el juicio de Leo Frank creó
mucha inquietud, y lo peor estaba por venir.
El 21 de junio de 1915, cuando se conmutó la
pena de muerte de Frank por cadena perpetua, Tom Watson publicó en su diario
The Jeffersonian: “Este país no tiene nada qué temer de sus comunidades rurales.
La Ley de Lynch es una buena señal: muestra que entre el público vive el
sentido de justicia”.
Entonces se formó un grupo autodenominado
“Caballeros de Mary Phagan”, que comenzó a planificar el secuestro de Leo Frank;
para su proyecto reclutaron hombres de diversas habilidades: un electricista,
un técnico telefónico, un cerrajero, mecánicos de automóviles, un médico, un
verdugo y hasta un predicador.
La noche del 16 de agosto de 1915, 28
“Caballeros de Mary Phagan” bien armados sedirigieron en una caravana de siete
automóviles hacia la prisión de Milledgeville. Recorrieron caminos secundarios
no pavimentados, algo difícil en los vehículos de aquella época. Al llegar a la
prisión cortaron las líneas eléctricas y telefónicas, dominaron a los guardias
y se llevaron a Frank, quien vestía ropa de dormir y aún tenía mal curada su
herida en el cuello. En el camino le dieron la “oportunidad” de que confesara
su culpabilidad, pero él, quien siempre se declaró inocente, permaneció en
silencio.
La caravana se dirigió a una arboleda
denominada Freys Gin a unos tres kilómetros de Marietta, adonde llegaron al
amanecer. Vendaron los ojos al joven, lo esposaron y le ataron los pies,
pusieron una soga alrededor de su cuello y lo colgaron de un árbol.
Una multitud de felices curiosos se arremolinó
poco después en el lugar y se tomó fotografías. Cuando el cuerpo fue bajado,
una persona saltó varias veces sobre su rostro, desfigurándolo; otros rasgaron
su ropa y se llevaron pedazos como recuerdo, así como trozos de la soga. “Era
una masa salvaje y fanática”, reportó el Forverts, “en la que cada vez crecía
más el odio racial y el deseo de matar”.
La prensa de todo Estados Unidos recogió
espantada el episodio, destacando que el grupo que ejecutó el linchamiento
estaba integrado por “líderes cívicos” de Marietta y el condado de Cobb,
incluyendo abogados, hombres de negocios y políticos; nadie fue arrestado. De
hecho, la mayoría de los habitantes de Georgia estuvo de acuerdo con el
asesinato. Los nombres de los “Caballeros de Mary Phagan”, aunque bien
conocidos en aquella época, se publicarían tan solo en el año 2000.
La comunidad judía de Marietta vivió tiempos
de temor. Marilyn Hurwitz, de 82 años, recuerda que su madre le contó que la
noche después del linchamiento se formó una turba amenazante frente a la tienda
de la familia; su abuelo no durmió en Marietta durante un tiempo. Tony Montag,
cuya familia era accionista de la fábrica de lápices, narra: “Mi padre me contó
que era la primera vez en su vida que había visto a mi abuelo armado”. La
mayoría de los judíos temieron hablar sobre el caso Frank durante muchos años,
y muchos trataron de ocultar su origen, asimilándose. Unos 3000 emigraron de
Georgia.
Los restos de Leo Frank fueron trasladados a
Nueva York, donde sus padres vivían en un modesto apartamento; luego se
sepultaron en el cementerio Mount Carmel de Queens. La gran comunidad judía de
la metrópoli, compuesta mayormente por nuevos inmigrantes, sufrió un shock
cuando se informó del linchamiento; horrorizados, veían cómo los asesinatos
antisemitas de sus lugares de origen tenían eco en su nuevo país. Algunas
personas lloraban por las calles.
Rehabilitación
Hoy en día pocos en Georgia recuerdan el caso
de Leo Frank, o apenas tienen una idea vaga. A lo largo del siglo trascurrido
ha habido varios intentos de rehabilitar su nombre, aunque otros siguen
considerando que fue culpable. Uno de los defensores de Frank es el rabino
Steve Lebow, de la sinagoga Temple Kol Emet de Marietta, quien logró que se
colocaran dos placas conmemorativas cerca de donde se cree ocurrió el
linchamiento.
En la década de 1980 se reveló el testimonio
de Alonzo Mann, un anciano ex empleado de la National Pencil Factory, quien dijo
que había visto a James Conley, el barrendero que atestiguó contra Frank,
cargando (él solo) el cuerpo de Mary Phagan; Mann, quien entonces era un
adolescente, explicó que su madre le dijo que no contara nada. También se
recordó que William Smith, quien había representado a Conley en el juicio, dijo
posteriormente que creía que su defendido había sido el asesino.
Basándose en la declaración de Mann, la Junta
de Perdón y Libertad Condicional de Georgia se reunió en 1986 y, aunque decidió
que la evidencia era insuficiente para absolver a Frank, lo perdonó sobre la
base de que el Estado había fallado en protegerlo y “ofrecerle la oportunidad
de continuar sus apelaciones legales”.
El pasado 1º de junio, el diario The Marietta
Daily Journal informó que la División de Georgia de los “Hijos de los Soldados
Confederados” celebrará todos los años en esa fecha el “Día de la pequeña Mary
Phagan”. El grupo solicitó la aprobación de una sobrina-nieta de la víctima,
Mary Phagan-Kean, quien aceptó con la condición de que “el nombre de Mary
Phagan no sea usado con el fin de fomentar prejuicios”, aunque su familia está
convencida de la culpabilidad de Frank.
Epílogo
En marzo de 1914, Abraham Cahan, director del
Forverts y quien siempre apoyó a Leo Frank, lo entrevistó en la prisión de
Milledgeville. Frank le dijo que consideraba que el antisemitismo no estaba en
la raíz del juicio, sino que la policía lo había “aprovechado” para socavar su
defensa.
Cahan le pidió que describiera para sus
lectores qué siente un hombre inocente condenado a muerte. Leo Frank sonrió,
sacó de un bolsillo un lápiz y un trozo de cartón, y escribió: “Toda esta
historia me parece un sueño. Me parece que la observo desde afuera; que le
pertenece a alguien más, no a mí. Por el momento, no siento ningún temor”.
Consecuencias a largo plazo
Leo Frank había sido presidente de la logia
local de la B’nai B’rith. Tras su linchamiento, la Liga Antidifamación, creada
por miembros de B’nai B’rith poco antes (octubre de 1913), adquirió mayor fuerza,
para convertirse posteriormente en la principal organización judía de lucha
contra el fanatismo y la intolerancia.
Por otro lado, pocos meses después de la muerte de Frank, el grupo racista
Ku Klux Klan, que había sido proscrito décadas antes, se reconstituyó y llevó a
cabo su primera reunión de quema
de cruces en el monte Stone, a unos 50 kilómetros de Marietta; los historiadores están de
acuerdo en que el caso Leo Frank fue uno de los factores que estimularon este renacimiento
del grupo.
Miembros del KKK marcharon por las calles de Marietta hacia la tumba de Mary
Phagan en protesta contra el movimiento
para obtener el perdón póstumo para Leo Frank, en la década de 1980.
En la historia y la literatura
Cuando ocurrió el juicio de Leo Frank, habían
pasado tan solo nueve años desde el
final del caso Dreyfus en Francia. Además, ese mismo año 1913 se llevó a cabo
el sonado proceso al judío Menajem Mendel Beilis en Kiev, Ucrania (entonces
parte del Imperio Ruso), también superintendente de una fábrica, acusado
de “crimen ritual” contra un niño
cristiano; a pesar de una intensa
campaña de odio en los periódicos, y de que entre el jurado había miembros de
un movimiento notoriamente antisemita,
Beilis fue finalmente exonerado. Su historia fue el tema de la novela The Fixer
de Bernard Malamud, ganadora del premio Pulitzer y llevada luego al cine (véase
“Bernard Malamud hoy” en la edición 1922 de NMI, en www.nmidigital.com,
“Ediciones anteriores”). Beilis, quien emigró a Estados Unidos después de su
juicio, fue casualmente sepultado en el mismo cementerio que Leo Frank.
En 2003 se publicó el más reciente libro sobre
el caso Frank, titulado And The Dead Shall Rise (“Y los muertos se levantarán”).
El autor es Steve Oney, ex redactor en el diario Atlanta Journal Constitution.
La investigación le tomó 17 años.
Orgía de odio: el caso Leo Frank
09/Sep/2015
Nuevo Mundo Israelita, Por Sami Rozenbaum