MARÍA JULIA POU
El del Medio Oriente es uno de los más largos conflictos internacionales de los tiempos modernos. La confrontación entre Corea del Norte y del Sur es tan vieja como esta, pero la que comentamos aparece cotidianamente en los medios, afecta intereses que van más allá de lo regional y tiene por ello características que lo convierten en una permanente luz roja en el tablero de la seguridad internacional. Hace más de sesenta años se inició esta confrontación que es preciso recordar desde su inicio pues muchos han perdido memoria de qué fue lo que en esas tierras ocurrió entonces para que aun hoy sea noticia urgente y delicada en nuestros días.
Las ONU prepararon un plan de partición del territorio de lo que entonces se llamaba Palestina, adjudicando una porción a lo que sería el Estado de Israel y otra al Estado Palestino. Conviene señalar que lo que este último recibía como superficie era mucho mayor de lo que hoy se pretende y de menos complicada demarcación. Además estaban allí viviendo todos los que luego formaron la emigración o la huida.
Había, es cierto, una situación de tensión y de enfrentamientos violentos, una guerra de baja intensidad como se dice ahora, pero no una movilización bélica en todo su sentido. Producido el fallo o la decisión de la organización mundial, el mismo fue rechazado por la parte árabe, por sus vecinos y aliados quienes señalaron su oposición a la mera existencia del estado israelí, prometiendo que a los judíos «los arrojarían al mar «.
Lo que siguió es conocido. La guerra fría usó de este conflicto como parte de una estrategia mundial. EE.UU. se comprometió -hasta el día de hoy- a garantizar la existencia del novel estado y las soviéticos apoyaron con armas y políticamente a los países árabes. Las guerras las ganó Israel que pasó de ser el más débil a convertirse en una potencia militar, económica y la única democracia real en ese entorno.
No han bastado sesenta años de vitalidad, de capacidad de supervivencia, para acallar algunas voces que proclaman la extinción de Israel, la voluntad clara de borrar del mapa a esa valiente nación. Todas las demás facetas del conflicto son comprensibles aunque no compartibles. La queja por los asentamientos, el ceder ante sectores radicalmente fanáticos, las debilidades de las coaliciones que deben de responder a las presiones de los sectores más duros.
Son frutos naturales de gobiernos que descansan sobre los cimientos de la opinión pública. Se puede estar de acuerdo o no con los compromisos contraídos en Camp David o en Oslo, con el papel que debe jugar el gobierno imperfecto de Palestina. Todo esto es válido discutirlo menos el derecho de Israel a existir. Ante tamaña barbaridad se deben alzar todas la voces, en todas partes del mundo.
Nosotros, como nación pequeña nacida a pesar de los vecinos, más tenemos que defender el concepto de la independencia, de la intangibilidad de las soberanías.
Desde la teocracia de Irán se impulsa esa idea, que es, además, apoyada por un armamento nuclear y convencional que hace que estas amenazas sean algo más que retórica. Estamos en la inminencia de una verdadera explosión bélica que ojalá no se concrete.
Pero en cualquiera de la circunstancias Israel existe y existirá. Por su voluntad y por el apoyo de sus amigos.
Nosotros, como nación pequeña, más tenemos que defender el concepto de soberanía.
Nuevamente Israel
04/Sep/2012
El País, Uruguay, María Julia Pou