Lo que hoy sucede en Medio Oriente no es una disputa por fronteras ni por la viabilidad de una Palestina independiente. Esa es la excusa cómoda para titulares y declaraciones diplomáticas para la la tribuna. La realidad es mucho más cruda: estamos frente a una guerra ideológica entre el fundamentalismo islámico chiita, liderado por Irán, y el mundo occidental.
Irán y sus ayatolas con turbante ha invertido décadas y miles de millones en financiar y armar una red de actores violentos: Hamás en Gaza, Hizbolá en Líbano, los hutíes en Yemen, el régimen de Bashar el Assad en Siria. Todo con un objetivo: desestabilizar, destruir y reemplazar cualquier modelo político, social o económico que huela a Occidente, democracia o capitalismo.·
Israel, nos guste o no, está en la primera trinchera de esa batalla. Y lo irónico es que, al frenar a Irán y sus satélites, está haciendo un trabajo que beneficia a la mayoría de los países árabes —Egipto, Jordania, Arabia Saudita, Emiratos— e incluso a la propia Autoridad Palestina de Abu Mazen. Ninguno de ellos quiere que Irán gane. Pero ninguno puede admitir públicamente que necesita a Israel para evitarlo.
Desde la masacre del 7 de octubre, Israel pasó a la ofensiva y ha ido destruyendo, uno por uno, a los proxies de Irán: primero destruyó – y sigue destruyendo – a Hamás, luego a Hizbolá, tiene los hutíes contra las cuerdas, erosionó las capacidades de otros actores (Yihad Islámica, milicias irakíes, y Bashar fue derrocado. Y finalmente, en un hecho sin precedentes, liquidó en doce días la propia capacidad militar de Irán, la cabeza de la hidra.
Mientras tanto, Irán se desangra. El costo de financiar a todos sus peones ha sido altísimo. La guerra prolongada y el aislamiento internacional han drenado sus recursos. Su sueño de expansión y control se topa con un muro que no está hecho de cemento, sino de resistencia política, militar y cultural. Sin hablar de la terrible sequía que lo azota.
Y aquí entra la otra cara de la moneda: los “cretinos útiles”.
Jefes de gobierno como Macron, Sánchez, Petro, el propio Lula, y los pseudo-progres pacifistas como Greta y sus jipis caviar con keffiyeh que repiten como loros cualquier eslogan contra Israel, Estados Unidos o el capitalismo. En su afán de mostrarse “del lado correcto de la historia” (o de la narrativa), terminan siendo funcionales al mismo fundamentalismo que, si tuviera el poder, los ejecutaría sin dudar por herejes, por liberales, por laicos, por comunistas, por homosexuales o simplemente por occidentales.
Ese progresismo ingenuo —o cínico— olvida un detalle esencial: en esta guerra, no hay un “punto medio” cómodo donde todos cedan, se den la mano y se hagan amigos. El fundamentalismo islámico no negocia. No busca convivir. Busca someter o destruir, como ha sido desde los primeros siglos del islam bajo el concepto de “yihad” o “guerra santa”.
En la historia política del islam, y especialmente en las corrientes más radicales, la yihad se tradujo en la expansión militar y religiosa para someter territorios y pueblos al dominio islámico. Desde las conquistas árabes del siglo VII, pasando por el Imperio Otomano, hasta las doctrinas de los grupos islamistas actuales, la yihad ha sido interpretada por los extremistas como un deber sagrado de extender la fe por la fuerza, exterminando cualquier sistema político, cultural o religioso que consideren contrario a la “sharía”.
La gran paradoja es que los que hoy gritan contra Israel o el “imperialismo yanqui” viven bajo libertades, derechos y seguridades que solo existen porque hay quienes —les guste o no— se ensucian las manos para mantener a raya a quienes quieren borrarlas del mapa.
En resumen: Israel está luchando por su supervivencia… y de rebote, por la de todos nosotros. El resto es ruido.