Memoria, reconciliación. El Papa Francisco
evoca a las víctimas y lo llama por su nombre, genocidio, palabra que azuza la
indignación de los negacionistas turcos, pero que cala hondamente en el corazón
del pueblo del Cáucaso, encrucijada entre dos continentes. Tragedia que, por
desgracia, “inauguró la triste lista de las terribles catástrofes del siglo
pasado, causadas por aberrantes motivos raciales, ideológicos o religiosos, que
cegaron la mente de los verdugos hasta el punto de proponerse como objetivo la
aniquilación de poblaciones enteras”, Metz Yeghérn, la Shoá del pueblo armenio.
(Papa Francisco, Encuentro con las autoridades civiles y cuerpo diplomático de
la República de Armenia, 24 de junio, 2016)
El recuerdo del Gran Mal es de los motivos
principales en la peregrinación del Santo Padre consecuencia de la
conmemoración que, en el centenario del genocidio armenio, fue recordado en la
celebración de la Eucaristía en la Basílica de San Pedro, el 12 de abril de
2015, con la presencia del Presidente de la República y el Katholikós Karekin
II. Ahí, el Santo Padre se refirió a tres tragedias inauditas del siglo XX: el
exterminio turco contra los armenios, el holocausto judío del nazismo y las
purgas de la era staliniana.
¿Por qué este Gran Mal? ¿Qué nos dice la
historia de este capítulo oscuro del siglo XX? La tragedia armenia no comenzó
en abril de 1915 cuando el mundo se despedazaba en la Gran Guerra. La
persecución data desde finales del siglo XIX cuando Abdul Hamid II, sultán del
Imperio otomano (1876-1909) perpetró las llamadas “matanzas hamidianas” de
armenios que quitaron la vida a casi 30 mil personas. Depuesto y desterrado en
1909, el “Sultán rojo” es el antecedente inmediato del genocidio cuando el
partido de los Jóvenes Turcos estaba en la cúspide del poder y el Imperio
otomano era aliado de la Triple Alianza contra la Entente Cordiale.
El control de los Jóvenes Turcos quiso
afianzar la integridad y unidad del Imperio iniciando la limpieza étnica contra
la minoría armenia. La derrota otomana en la Primera Guerra Balcánica
(1912-1913) agitó los sentimientos nacionalistas suscitando el odio contra los
estados cristianos vencedores en los Balcanes: Bulgaria, Grecia, Montenegro y
Serbia. La idea del “turquismo” infectó al Imperio y en los inicios de 1915, el
Comité de Unión y Progreso (CUP), el máximo órgano de los Jóvenes Turcos, fijó
los objetivos de homogeneización racial en Anatolia por lo que las minorías
estaban fuera del proyecto del Imperio otomano indestructible. Las comunidades
étnico-religiosas eran el enemigo a erradicar y entre ellas, la comunidad
armenia cristiana con presencia en Estambul y el este de la Anatolia, cerca de
dos millones de almas.
En el centenario del genocidio, volvió a darse
cuenta de un Decálogo del exterminio del CUP de los Jóvenes Turcos. En sus
puntos destaca la formulación de medidas definitivas en contra de los hombres
menores de 50 años, sacerdotes y maestros, dejando a niños y mujeres para la
islamización. Las medidas plantearon la agitación popular para incentivar la
libre organización de matanzas públicas en las zonas armenias, además de la
clausura e incautación de negocios, la expulsión de funcionarios públicos de
esa minoría y la deportación a Bagdad y Mosul de quienes fueron estigmatizados
como enemigos del pueblo y del Imperio.
El 24 de abril de 1915 es el inicio de lo que
los armenios llaman el Gran Mal. En esa fecha iniciaron las detenciones y
deportaciones de políticos, comerciantes e intelectuales expulsándolos de
Estambul, la cuestión armenia llegaba a la “solución final” que se extendería
hasta 1922, recrudecida aún más por la caída de la Rusia zarista que dejó a
merced de los turcos la pequeña región de Armenia, si bien al final de la Gran
Guerra algunos de los responsables fueron juzgados y recluidos en Malta.
La historia ya nos revela las indecibles
atrocidades y masivas deportaciones sufridas por ese pueblo. Obligados a vivir
en las inclemencias del desierto, reunidos en campos de concentración y
aniquilados de manera sistemática, el número de víctimas podría haber sido de
casi un millón y medio.
En Ereván, la capital de la República del
Cáucaso, se levanta el sitio emblemático de la nación, el Memorial
Tzitzernakaberd, construido en 1966-1968. En ese lugar, el 26 de septiembre de
2001, el Papa Juan Pablo II pronunció la más conmovedora oración en favor de
los mártires recordando la intervención del Pontífice de la Paz, Benedicto XV,
quien denunció los crímenes del Imperio otomano contra “el pueblo armenio
gravemente afligido, empujado hasta el umbral de la aniquilación”. Quince años
después, el Papa Francisco camina en ese Monumento donde la flama de la memoria
jamás se extingue. Su rostro parece traer de nuevo un fragmento de aquella
oración del Papa santo:
Profundamente turbados
por la terrible violencia infligida al pueblo
armenio,
cómo es posible que el mundo
siga sufriendo aberraciones tan inhumanas.
Y mientras camina, rodeado por las escoltas
militares que recuerdan una era extinta, el Sucesor de Pedro encuentra una
discreta manta escrita en nuestro idioma: “Gracias Santo Padre por reconocer el
genocidio armenio”.
Metz Yeghérn, el Gran Mal
27/Jun/2016
Periodista Digital, Guillermo Gazanini Espinoza