“Me sobra el mes al final del sueldo”

28/Jun/2011

Clarín, Revista Eñe, Mariano Canal

“Me sobra el mes al final del sueldo”

27/06/11Jóvenes que anticipan una vida peor que la de sus padres protagonizan la ola de protestas que cruza Europa y el mundo árabe. En ese contexto, un sobreviviente de la Resistencia se convierte en best-séller.
POR MARIANO CANAL
MADRID, INDIGNADA. Una multitud pidió en mayo, »democracia real ya».
Son apenas doce páginas de texto, pero bastaron para poner en palabras el clima de descontento y profundo malestar social que atraviesa Europa desde el estallido de la crisis económica de 2008. Publicado en Francia en octubre de 2010, Indignez-vouz! (editado en Argentina como ¡Indígnate!) se convirtió rápidamente en un manifiesto político que entroncó de manera directa con las movilizaciones y reacciones populares que con distintas formas surcan la arena pública de una Europa sumida desde hace tres años en el estancamiento económico y el ajuste fiscal.
Su autor es Stéphane Hessel, un diplomático y activista de los derechos humanos de 93 años que en su biografía reúne algunos de los elementos clave de la Europa de la segunda mitad del siglo XX, y que en el contexto actual parecen piezas de un viejo museo de los tiempos heroicos de la posguerra. Combatiente de la Resistencia francesa, colaborador de Charles De Gaulle en el gobierno provisional en el exilio, sobreviviente del campo de concentración de Buchenwald (de donde pudo escapar y evitar ser ejecutado), participante de la redacción en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Hessel es uno de los últimos representantes de aquella generación que rediseñó Europa a partir de la devastación dejada por la guerra y el fascismo. Y ese es precisamente el tono que sobrevuela a lo largo de su breve manifiesto: el de un hombre que sobre el final de su vida ve cómo los gobiernos europeos desmantelan las conquistas sociales y jurídicas alcanzadas medio siglo antes, frente al desconcierto e impotencia de una población que no acierta a decir basta.
Entre el panfleto político y el testimonio de una larga vida, ¡Indígnate! funciona como un llamado que más que a inventar nuevos horizontes políticos convoca a retornar a las fuentes de donde surgió ese gran compromiso entre el Estado y el mercado conocido como Estado de bienestar y que permitió a Europa occidental alcanzar sus mejores niveles de vida. Su publicación y el éxito que alcanzó la obra (más de un millón y medio de ejemplares vendidos en Francia y traducciones a 25 idiomas) expresa el clima de frustración y desconcierto que corre a la par de la crisis económica y de la ausencia de alternativas políticas tradicionales que propongan una salida superadora de un escenario dominado por los salvatajes billonarios a los mercados financieros y la profundización de las reformas que recortan los derechos de los trabajadores.
Se trata, además, de una voz que remite a los tiempos épicos de la Resistencia y que con esa autoridad moral convoca a los jóvenes a redescubrir la indignación como motor de la acción política: “El motivo principal de la Resistencia era la indignación. Nosotros, veteranos de los movimientos de resistencia y de las fuerzas combatientes de la Francia libre, llamamos a las jóvenes generaciones a vivir y transmitir la herencia de la Resistencia y de sus ideales. Nosotros les decimos: tomad el relevo, ¡indignaos!”
Una indignación que ya no tiene los mismos orígenes que aquella de hace 70 años cuando el totalitarismo se esparcía por el continente, sino que es suscitada por la creciente exclusión social, la ampliación de la brecha entre ricos y pobres, la devastación de los recursos naturales del planeta y la subordinación de las instituciones democráticas a los intereses de los mercados financieros. Fuentes menos visibles, más complejas e impersonales pero igualmente dañinas.
Y es indignación, justamente, la palabra que más se repite hoy en España y otros países de Europa. Indignación por un gobierno socialista que emprende con entusiasmo el desmantelamiento de las instituciones de protección social, indignación por un sistema de partidos enfrascado en disputas autistas, indignación por una crisis económica cuyos costos son pagados por los desdichados de siempre, indignación por el final abrupto del sueño del consumo y el despertar subsiguiente: el de un país hipotecado al que se le exigen nuevos sacrificios. Una semana antes de las últimas elecciones españolas, el 15 de mayo, una multitud heterogénea ocupó las plazas de las principales ciudades españolas para protestar contra la política económica del gobierno socialista (y en igual medida contra las recetas ofrecidas por la oposición del Partido Popular) y por la situación que atraviesan los jóvenes (de los cuales el 40% está desempleado), los inmigrantes, los jubilados, los trabajadores y las familias que ven perder sus viviendas ante el colapso del mercado inmobiliario español, núcleo central de la burbuja especulativa que estalló con la crisis mundial de 2008.
Ante la ausencia de articulación de esos reclamos en una opción política tradicional, las movilizaciones reunieron multitudes congregadas alrededor de consignas básicas que resumían reivindicaciones largamente desatendidas, expresadas en eslóganes que recordaban la sintaxis creativa y directa del Mayo del 68 francés: “Si no salimos en los periódicos saldremos en los libros de historia”; “Me sobra el mes al final del sueldo”; “Cada cuatro años elegimos a quien financiar, no les votes”; “Queremos la dictadura del amor, no la del dinero”. Unas multitudes que se organizaron de manera horizontal, sin referentes políticos identificables, siguiendo una lógica de ocupación festiva del espacio público y cuyas demandas se sintetizaban en el pedido de una mayor democratización a todos los niveles, una “democracia real ya”, tal como se denominó el colectivo que agrupa a las distintas expresiones movilizadas en España.
La ola de protestas que cruza toda Europa y especialmente a los países más golpeados por la crisis empalma con los levantamientos populares que se han puesto en marcha en el mundo árabe. A pesar del abismo que separa las dos regiones en lo que tiene que ver con los niveles de vida y la tradición democrática, es el espectro de la crisis económica y sus consecuencias lo que permite pensar esas convulsiones como formando parte de un mismo proceso.
Ya sea en la calles de Túnez, en las plazas de El Cairo o Atenas, en Damasco o en Barcelona, lo que se reclama coincide en numerosos puntos: el rechazo a los representantes políticos, el hartazgo ante las medidas económicas impopulares, la exasperación frente a gobiernos que aceptan tranquilamente la bancarrota de sus países. También es coincidente el protagonismo de los jóvenes que ven abrirse frente a ellos la perspectiva cada vez más cierta de una vida peor que la de sus padres y que utilizan las nuevas herramientas tecnológicas que facilita Internet para nuclearse, sobrepasando y desconcertando a las organizaciones políticas tradicionales.
El manifiesto de Stéphane Hessel es un signo de los tiempos indignados que corren en el Viejo Continente. Es la resonancia que despierta, más que el contenido del texto, lo que explica su sorprendente difusión. La indignación puede ser también una pasión estéril si no va acompañada de una acción que concrete en el espacio público sus demandas. Algo de eso parece estar ocurriendo ahora en Europa y en Oriente Medio.
Su éxito o fracaso, como siempre en política, es una posibilidad abierta.