El pasado lunes falleció en la ciudad de Buenos Aires el director y actor de teatro Max Berliner. Había nacido en Varsovia el 23 de octubre de 1919. Se trasladó a Argentina con 5 años de edad junto a sus padres. Su vida de casi un siglo transcurrió apegada al afecto que prodigo a su familia, a su vocación de referente cultural como actor y director teatral y a su condición de judío como impulsor de un legado milenario que tuvo en el idioma idish el vehículo de transmisión para las nuevas generaciones a las que educó.
Fue profesor de música, director y actor de teatro durante seis décadas en el Colegio Scholem Aleijem de la capital argentina pero también lo recordamos en la querida “Shule” (homónima) de la calle Constitución en pleno barrio Villa Muñoz de la ciudad de Montevideo, cuando nos visitó en la década del 70 con su inefable humor y sus dotes histriónicas. Como no recordar ese hombre delgado, de mirada profunda, de fina sabiduría, deseoso de inculcar un idioma y una cultura que la sentía en lo más profundo de su ser.
Max se autodefinió en forma precisa cuando fue entrevistado por un medio periodístico argentino; “Soy el único actor de la colectividad que vive en dos mundos. Yo hago en idish teatro universal, y en castellano temática judía”.
Fue galardonado en el año 2002 con el Premio Podestá a la trayectoria que entrega la Asociación Argentina de Actores y en el año 2012 con el Martin Fierro que otorga anualmente Aptra (Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentina), a diversas personalidades de los medios de comunicación.
Su prolífica vida actoral siempre generó en sus compañeros de trabajo y en el público en general un sentimiento que engrandecía su tarea y definía su personalidad. Su gusto y dedicación por la obra que interpretaba lo llevaron a transformarse en ejemplo de los nuevos actores que anhelan por un lugar en el teatro y la cultura. La defensa por los valores judaicos y comunitarios lo tuvo en primera fila cuando surgían controversias o discusiones sobre esa temática.
Fue solidario, comprometido, fraterno, comprensivo en todo aquel que lo detuviera para plantearle una inquietud en su querido Villa Crespo. Su palabra y su gesto eran el preámbulo de una sonrisa o de un momento de afecto.
Sabio de aquel ser humano que logra cultivar el afecto y la cultura pues ambas son la amalgama perfecta de la grandeza y felicidad humana. Max lo entendió así y lo realizó.
Max Berliner Z’L, un ejemplo de vida
28/Ago/2019
Esc. José Luis Piczenik, para CCIU