27-8-2011
MUAMMAR GADAFI LÍDER REVOLUCIÓN LIBIA En la breve charla que tuvo con nosotros, en fluido inglés, Gadafi se mostró como un hombre simpático, culto y particularmente informado sobre la realidad de Uruguay
LINCOLN R. MAIZTEGUI LINMAICA@HOTMAIL.COM
Dónde estará, a estas alturas, el líder de la Yamahiría, el ínclito Muammar Gadafi? Es probable que cuando lea lo que aquí se está escribiendo, el lector ya lo sepa. Hoy por hoy se halla prófugo, escondido en alguna oculta catacumba, fugitivo de la ira de su pueblo. Me cuesta evocar esa sombra en confronto con el recuerdo del hombre apuesto, joven y evidentemente pagado de sí mismo que conocí una mañana de octubre de 1976, cuando recibió entre sonrisas a la delegación uruguaya que estaba jugando una olimpíada de ajedrez en Trípoli. En aquel entonces Gadafi era el líder invencible de una revolución en pleno desarrollo, que pocos años antes había defenestrado a una monarquía corrupta y se erigía como adalid de la unidad panárabe. Libia se llamaba entonces la «Yamahiría», y el régimen distribuía un Libro Verde (a imitación, evidentemente, del célebre Libro Rojo de Mao Tse -Tung) que resumía los objetivos del proceso y proclamaba, urbi et orbi, que ese país había creado la forma más perfecta de democracia que el mundo había conocido desde la época de Pericles. Era fácil reírse de esa pretensión, pero cuando se recorría el vasto territorio -en su enorme mayoría desértico- y uno se encontraba con sonrientes jóvenes norteamericanos que cosechaban, por medios técnicos, enormes hortalizas en medio del agobiante calor del Sahara, se concluía inevitablemente que había un serio proyecto de desarrollo en marcha. Recordaba entonces, con asombro, la lección que había aprendido en sexto año de primaria, en un texto de geografía llamado «El mundo tal cual es»; «Libia -decía ese libro, en una cita no textuaL- es uno de los ejemplos más acabados de pobreza total». En 1976 el país parecía cualquier cosa menos pobre; además del lago de petróleo que sostenía los altos niveles de vida de su pueblo, el gobierno se preocupaba por diversificar los recursos, basado en la conciencia de que el «oro negro» no era inagotable y era necesario procurarse alternativas. En la breve charla que tuvo con nosotros, en fluido inglés, Gadafi se mostró como un hombre extremadamente simpático, culto y particularmente informado sobre la realidad del Uruguay. «¿Cómo está el general Seregni?» -preguntó de sopetón, y casi nos caemos de espaldas. En otra ocasión, asistimos a un acto público en el que el caudillo entregaba tierra a un grupo de ciudadanos, como parte de un proceso de reforma agraria; llegó montado en un tractor, y el entusiasmo con el que la gente lo recibió era inenarrable. Pronunció un discurso en árabe del que lo único que pudimos entender es que decía una y otra vez «made in América»; cuando, al final, dijo en voz tonante «¡Made in Libia!» el público se deshizo en vivas y aclamaciones. Recuerdo que me fui del país con la idea de que, dentro de los parámetros de una cultura que no era la nuestra, y aunque la falta de libertades políticas era notoria, se vivía allí un momento esperanzador. En virtud de ello, aún me provoca asombro el vuelco espectacular de los últimos meses. ¿Qué pasó con aquella revolución que se preciaba de señalar caminos, al resto del mundo árabe y aun más allá? Tal vez no haya explicación más clara que el pasaje del tiempo. Gadafi se hizo con el poder a la cabeza de un grupo de jóvenes militares un lejanísimo 1º de setiembre de 1969. Se perpetuó en el mismo, se volvió un autócrata de cuño mesiánico, y como consecuencia de ello, el régimen que encabezaba perdió su potencialidad transformadora y devino en una vulgar dictadura. Los cambios producidos en el mundo lo convirtieron en una supervivencia anacrónica, y en cierto momento, los vientos de la historia lo voltearon, o están a punto de hacerlo. Así debía ser, y es bueno que de una vez por todas el pueblo libio recupere el control de su propio destino. Pero pese a esa convicción, no puedo evitar un sentimiento de tristeza ante el marchitarse de tanta ilusión. Sin duda demasiado tarde, Gadafi terminó por experimentar en carne propia la verdad del viejo aserto que reza que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Los vientos de la historia
29/Ago/2011
El Observador, Lincoln Maiztegui Casas