Muy a nuestro pesar la violencia sigilosamente se ha ido instalando en nuestra vida. Cotidianamente nos conmovemos con episodios de violencia que vivimos o vemos en diarios y noticieros, de aquí y del mundo. Y mientras nos impresionamos y buscamos maneras más o menos buenas de sentirnos más seguros, hay otro tipo de violencia que está mucho más cerca y que muchas veces pasa inadvertida. Es la violencia que se ha instalado en la familia, en el tránsito, en los negocios, en las escuelas… Es violencia la pérdida del buen trato, de la cordialidad, del respeto y consideración por el otro. Lo es el insulto fácil, la prepotencia y el abuso oportunista. Me resisto a aceptarlo como una nueva “normalidad” a la que, poco a poco, todos nos vamos peligrosamente acostumbrando.Para poder hacer y hacer bien, lo primero es tratar de entender. ¿Cómo aparece la violencia en un ser humano? ¿Se nace agresivo?El enojo y la agresividadEl enojo no es un problema; por el contrario, es una emoción básica, normal y deseable. Nacemos biológicamente equipados para experimentarlo y expresarlo. Y cuando lo hacemos adecuadamente es un valioso ingrediente de los ricos y complejos vínculos humanos.La respuesta agresiva tampoco es necesariamente un problema. Existe determinado monto de agresividad normal, probablemente heredada de nuestros lejanos ancestros y demás hermanos de la escala animal, que tiene una función de protección fundamental para la supervivencia, para defenderse y para avanzar.Del enojo y la agresividad al odio y la violencia¿Donde trazar la línea que marca el pasaje de la expresión agresiva normal a la patológica? ¿Cuándo el enojo pasa a parecerse al odio, y la agresividad se transforma en violencia? Las respuestas no son fáciles, ya que dependen en gran medida de factores con gran peso subjetivo.Prácticamente cualquier acto que hoy y aquí consideremos violento habrá sido aceptable en algún momento, o incluso actualmente, por alguna cultura. Incluso en una misma cultura encontramos muchas diferencias al respecto, porque estas consideraciones están muy determinadas por la filosofía de cada uno, por su manera de pensar la vida y, de manera muy importante, por sus conceptos sobre lo que está bien y lo que está mal, es decir, los conceptos morales.Quienes investigan sobre estos complejos temas subrayan algunos elementos que parecen centrales para entender este avance de la agresividad hacia la violencia. Un elemento clave parece ser el de la empatía. La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, ser capaz de sentir o intuir lo que el otro está sintiendo. La empatía es enemiga de la violencia. La empatía es capaz de inhibir expresiones violentas extremas. Por el contrario, la despersonalización es la aliada de la violencia. Perder de vista que lo que tenemos delante es una persona con vida y emociones, con ideas y vínculos al igual que nosotros, es lo que permite que se activen procesos mentales muy primarios que impiden la libertad de elegir y de pensar racionalmente. El otro pasa a ser considerado solamente un “enemigo”, lo que impide la empatía y la consideración de las consecuencias que lo que hagamos puede implicarle. El “enemigo” se transforma en una imagen, por lo general simplificada y empobrecida del otro. La imagen desdibuja a la persona y de este modo la violencia se vuelve una respuesta mucho más probable y fácil.En momentos sociales en los que se vive una fragmentación creciente de la sociedad, entender este mecanismo puede ayudarnos a interpretar algunos hechos. Un hincha de un cuadro de fútbol entra en este proceso primario de pensamiento y ve a los hinchas del cuadro oponente solo como “enemigos”, sin poder recuperar su estatus de persona, y los ataca. Los planchas, los chetos, los emos, los nerds, los populares, los loosers y tantísimas otras etiquetas favorecen el proceso de despersonalización y, en consecuencia, la violencia.Ya en la escuela podemos reconocer atisbos de este tipo de mecanismo que separa en grupos, que discrimina y fragmenta, alejando a los niños de la posibilidad de encontrarse como seres humanos que recorren un mismo camino. Entender sirve si permite pensar alternativas. Si los adultos estamos atentos, podremos esforzarnos en el sano intento de promover la empatía entre los niños, la posibilidad de ver al par que existe en el otro aunque se vista diferente, hable diferente y le gusten otras cosas. Cada vez que un adulto colabora inadvertidamente a la fragmentación, cuando promueve etiquetasy discrimina, está colaborando para que la violencia gane terreno. Cada vez que logra enriquecer la capacidad empática del niño, siendo en primer lugar empático con él, estará fortaleciendo poderosos mecanismos que nos acercan ineludiblemente a las relaciones más saludables entre las personas.Un violento ¿nace o se hace?Esta pregunta ha desvelado a muchos pensadores de bien diferentes disciplinas a lo largo de la historia. A esta altura de los conocimientos, va quedando cada vez más claro que el comportamiento violento es el resultado de influencias adversas del entorno que interactúan con características personales de cada uno. Es decir que es necesario un mundo interno vulnerable para que determinadas influencias negativas del entorno transformen a un ser humano en alguien que fácilmente se exprese a través de comportamientos violentos. Nadie nace violento, pero sí se puede nacer con algunas características que lo hagan más fácilmente reclutable para la agresividad o la violencia. Sin embargo, la mayor y más determinante de las influencias se recibe de la experiencia de vida de cada uno, fundamentalmente a través de tres grandes grupos de factores:De cómo somos tratados desde etapas bien precoces, a lo largo de toda la infancia. En los humanos, los primeros meses y años de vida son un período de extrema vulnerabilidad biológica y psicológica. Las experiencias del cuidado materno dejan huellas imborrables que determinan nuestra capacidad de enfrentar las adversidades, de establecer vínculos a lo largo de toda nuestra vida.Si hemos sido afortunados en tener una madre (o quien cumpla su rol ) sensible y disponible emocionalmente para nuestro cuidado, nuestro cerebro se estructura de tal manera que seremos mucho más fuertes emocionalmente y más sanos mentalmente. Por el contrario, hay una relación probada entre maltrato o negligencia temprana y agresividad y violencia en la adolescencia y la adultez. Quienes aprenden desde etapas tempranas que no pueden confiar en el otro, que quien debía cuidarlos los hace sufrir, dejan de confiar en los demás en general y probablemente incorporen una actitud de defensiva y reactiva que fácilmente los conduzca a vínculos insatisfactorios y a reacciones violentas.A través de los modelos de funcionamiento que nos ofrecen los adultos emocionalmente significativos de nuestro entorno. Los estilos de crianza afectan directamente el desarrollo de la agresividad por un doble camino: por su efecto en el clima familiar y por el modelo de funcionamiento adulto válido que se presenta a los niños. Si los niños son criados en un clima en el cual los adultos enfrentan los conflictos de manera violenta, ya sea verbal, emocional o física, explícita o implícita, van incorporando esos modelos involuntaria pero muy poderosamente. Tan poderoso es este tipo de aprendizaje que no es infrecuente que un adulto que sufrió la violencia de sus padres cuando niño, que sabe perfectamente el dolor que ello es capaz de producir, se sorprenda a sí mismo reaccionando de la misma manera en que lo hicieron sus padres, sin quererlo.Cuando encontramos un niño que sistemáticamente agrede, que siempre aplica el método violento para conseguir las cosas, muy posiblemente esté demostrando que eso es lo que los adultos han hecho con él.A través de lo que nos enseñan, directa e indirectamente, voluntaria e involuntariamente, a pensar, sentir y hacer. Los seres vivos persistimos haciendo determinadas cosas según cómo nos vaya haciéndolas. Las personas somos muy dependientes de las consecuencias que nos trae lo que hacemos. Si un niño, aun muy pequeño, aprende que gritando y pataleando consigue lo que quería, lo más probable es que siga gritando y pataleando cada vez que quiera conseguirlo. Y no es por maldad ni manipulación, sino simplemente porque es el mecanismo que aprendió.Otras veces el aprendizaje del comportamiento violento se da a través del estímulo más explícito. Algunos papás les enseñan a sus hijos a defenderse agresivamente de las provocaciones de sus pares y los estimulan cuando lo hacen. Pierden así la oportunidad de enseñarles a defender sus derechos utilizando la inteligencia en lugar de los puños, con frecuencia porque ellos mismos desconocen otras buenas maneras de solucionar estos problemas.El rol de la violencia mediática y lúdicaMucho se ha hablado sobre el rol que tienen la televisión, los videojuegos y demás artilugios tecnológicos en la epidemia de violencia. Afortunadamente muchos están investigando rigurosamente sobre estas influencias y hoy contamos con resultados que vale la pena conocer. Todo ha conducido a que pueda afirmarse que el abuso de violencia a través de medios y juegos electrónicos genera un aumento del comportamiento agresivo y violento, así como también de los comportamientos de alto riesgo, incluyendo el consumo de alcohol , nicotina y otras drogas y el inicio adelantado de la actividad sexual.Los medios amplifican la violencia, pero también la enseñan y la “normalizan”, lo que por cierto no los hace culpables de la situación de violencia en el mundo, sino que les otorga cierta cuota de responsabilidad en la diseminación del fenómeno violento en las generaciones más jóvenes.Diferentes tipos de violencia mediatizada pueden producir diferentes efectos en quienes abusan de ella o son particularmente vulnerables. Por ejemplo, la exposición repetida a estímulos violentos mientras uno está tranquilo en la casa, jugando o entreteniéndose, va produciendo, poco a poco pero implacablemente, una desensibilización frente a la violencia. Es decir, un fenómeno violento que inicialmente nos producía determinada respuesta de malestar, al cabo de un tiempo deja de producirla porque nos acostumbramos sin darnos cuenta. Quien juega a matar y ver morir de maneras cada vez más realistas y a la vez desafectivizadas, se va gradualmente desensibilizando frente a matar y ver morir. ¿Cuántos de nuestros niños y jóvenes están siendo sometidos a este plan de desensibilización ante la violencia? Me atrevería a decir que son la mayoría. Eso no significa que todos vayan a manifestar comportamientos perturbados en extremo, pero seguramente es una franca colaboración para que algunos sí lo hagan y a otros les importe cada vez menos.Otro tipo de efectiva trasmisión de violencia a través de las pantallas tiene lugar cuando lo que se consume abusivamente es la violencia “divertida”: ese tipo de violencia que viene presentada como broma pesada, como burla, como abuso aparentemente gracioso con alguien en desventaja. El resultado en este caso es el aprendizaje de comportamientos violentos y la implícita habilitación para agredir de manera “risible”. En los últimos años este tipo de violencia ha tenido aparentemente mucho éxito en la televisión, donde abundan los ejemplos de personajes populares que agreden de diversas maneras a diferentes personas para intentar, por lo general con éxito, provocar risa en el público. Es necesario estar atentos y sensibles para que la risa irreflexiva no triunfe sobre el respeto y la empatía, si lo que queremos es enseñar a nuestras jóvenes generaciones a considerar empáticamente a los demás y no hacer pequeños abusos de pequeños poderes cuando se presenta la oportunidad.Los límites y la agresividadLa relación entre el estilo de disciplinamiento que utilicen los padres y el comportamiento de los niños es directa y muy clara.Si los padres utilizan métodos que promuevan el autocontrol, que respeten la autoestima y que enseñen a los niños que hay reglas que deben ser cumplidas porque es lo que corresponde, esos niños crecerán fortalecidos y aprenderán a resolver situaciones con inteligencia y sensibilidad.Si, por el contrario, son criados a base de gritos, castigos y arbitrariedades, solo aprenderán a tratar de no enojar a quien los cría, y creerán que gritar y abusarse es la manera conveniente de hacer las cosas cuando se tiene el poder.Esto no significa que los niños necesiten padres perfectos. Lo normal es que, aunque hayamos tenido la mayor de las paciencias, en algún momento nos salgamos de los carriles. No nos vuelve anormales que alguna vez hayamos tenido algún gesto hostil e injusto, pese a que también tengamos la capacidad de ser honestos y generosos. Estas pérdidas de referencia ocasionales y momentáneas solo nos confirman como humanos imperfectos que somos. El peligro no está en un error aislado o un desvío pasajero en un largo camino de amor y cuidados. El peligro está en la persistencia, tenaz y empecinada, de actitudes negativas.Nuestra uruguaya necesidad hoy, desde mis ojosHay una frase interesante de San Agustín que dice: “El pecado no es sentir, sino consentir”. Para que el sentir y el consentir no se superpongan de manera primaria, es necesario fortalecer la capacidad de administar y regular las emociones y los impulsos. No nacemos con esa capacidad, sino que la tenemos que ir desarrollando a medida que vivimos, que enfrentamos frustraciones y aprendemos a tolerarlas y manejarlas. Para lograrlo es necesaria la intervención de adultos empáticos y cuidantes que nos apoyen, nos sostengan y nos enseñen con la palabra y el ejemplo a expresar pensamientos y emociones de manera adecuada. Que nos enseñen, lisa y llanamente, a no pegar aunque tengamos ganas, a no robar ni matar aunque estemos tentados a hacerlo. Por eso es que es imprescindible que los adultos actuemos con firmeza y seguridad en la guía del comportamiento de los niños. Somos nosotros los responsables de enseñarles lo que está bien y lo que está mal, de que logren diferenciar un deseo o una tentación de un acto consumado. La sociedad cambia, nos guste o no, para bien y para mal. Los códigos y convenciones sociales se modifican con el tiempo, como lo hacen los conceptos de disciplina e indisciplina, y es buena cosa saber aceptarlo y ajustarse con flexibilidad e inteligencia. Hoy no es una falta de respeto tutear a la maestra ni ir de championes a un cumpleaños. Pero hay cosas que no cambian y a las que tenemos que aferrarnos si no queremos seguir descendiendo. Los principios de no causar daño a otros seres, ni violar sus derechos ni afectar el bienestar general siguen siendo tan válidos hoy como hace 100 años. Y somos los adultos los que tenemos que enseñar esto. Los niños nacen con la capacidad de comportarse empática y moralmente, pero sólo la desarrollan si lo practican desde chiquitos, de a poco y en el más amoroso de los entornos. No hay que fruncir el ceño ni poner voz grave para enseñárselos, pero si ser indoblegablemente firmes en la práctica del respeto propio y ajeno.Lejos estaremos de vivir en una sociedad mejor:-mientras los dejemos tratarse mal entre ellos y tratar mal a los adultos-mientras madres, padres y educadores no encuentren la manera de comunicarse, acordar y trabajar en equipo por la formación de nuestros chiquitos-mientras haya madres y padres que aconsejen a sus hijos devolver violencia a la violencia, ojo por ojo a los desplantes, sin darles alternativas no violentas a la defensa de sus derechos-mientras haya educadores que miren para otro lado de los conflictos sociales de sus alumnos: en la escuela aprenden a vivir en sociedad y ellos deberían enseñarles-mientras los adultos sigan educando con métodos coercitivos que sólo llegan a doblegar la voluntad de los niños dándole o sacándoles cosas, pero que no les enseñan a pensar ni en si mismos ni en los otros ni a autoregularse-mientras los adultos les demos pésimos ejemplos de convivencia.*Natalia Trenchi es médica, psiquiatra de niños y adolescentes y psicoterapeuta cognitivo-conductual. Ejerció cargos docentes, de investigación y de asistencia en la Fac de Medicina, el Ministerio de Salud Pública, la Universidad Católica y la Universidad del Desarrollo de Santiago de Chile. Además de la tarea académica y clínica – asistencial se ha dedicado desde hace más de 20 años a la promoción de la salud mental infantil en la comunidad. Es columnista de varios medios de prensa, conferencista en colegios e instituciones , asesora de contenidos de la serie educativa animada «Ana la rana», autora de materiales de difusión de UNICEF ( Mucho, poquito o nada, Unicef, 2011,www.unicef.org/uruguay/spanish/guia_crianza.pdf) y ha publicado varios libros para padres y educadores (Todo sobre tu hijo, Aguilar, 2007; Mi hijo el alumno, Aguilar,2009; Tus hijos hoy, Aguilar 2011).
Los niños y la violencia
25/Nov/2013
Por Dra. Natalia Trenchi*, gentileza para CCIU