Al estremecerse el mundo por el cuerpito sin
vida de Aylan el-Kurdi de tan solo 3 años- el niño sirio hallado muerto en una
costa de Turquía-pensamos en lo superficial de la compasión que ello despertó.
No porque el pequeño Aylan no lo valiera y ni siquiera por dudar de los buenos
sentimientos de quienes sintieron dolor al verlo allí, muerto y solo, sino por
los tantos otros Aylan que perdieron la vida en los últimos años a raíz de la
guerra en su país, y sobre los que nadie dijo nada demasiado serio. Como si la
locura en Siria hubiera estallado recién ahora.
Las víctimas se cuentan desde hace mucho por
centenares de miles, los refugiados como la familia de Aylan en millones y
hasta ahora, casi nadie hizo nada.
El «casi» nos resulta importante,
especialmente a nosotros, uruguayos y judíos. Uruguay recibió a 42 refugiados
sirios, un gesto humanitario simbólico, de esos que no sólo muestran el alma de
un país sino que también pueden servir de ejemplo a otros, aunque lejos estén
de resolver el problema que numéricamente sobrepasa inclusive a países mucho
más poderosos en recursos y población.
E Israel, prestó ayuda humanitaria a diversos
niveles, destacándose el tratamiento brindado a aproximadamente 2.000 heridos
sirios que llegaron a la frontera entre ambos países y que aún viniendo de
territorio «enemigo», fueron introducidos al lado israelí por
patrullas del ejército, atendidos en el lugar cuando era necesario y posible, o
trasladados en la mayoría de los casos a hospitales, especialmente el Ziv de la
ciudad de Safed y el de Naharía.
El mundo todo está debatiendo qué hay que
hacer, cómo lidiar con el aluvión de refugiados que llegan a Europa. Claro está
que no vienen solamente de Siria sino que llegan también de Irak, Afganistán,
Africa del Norte..Donde avanza el oscurantismo y la violencia, aumenta también
la desesperación.
Y esto nos lleva a una reflexión sobre los
culpables de esta situación.
Más allá de la legítima discusión sobre cómo
tiene que reaccionar Europa, cuánto puede y cuánto debe ayudar, creemos que el
punto central es recordar por qué esa gente huye de su tierra. Claro está que
hay casos en los que la gente se va para buscar mejores horizontes en el
sentido económico y laboral. Pero es indudable que gran parte de aquellos que
golpean hoy las puertas de Europa, no escapan de la pobreza sino de la muerte,
del horror, del miedo constante.
Y los culpables no son sólo los protagonistas
de la guerra en Siria, sino todos aquellos que sumen desde siempre a sus
ciudadanos en la opresión y la oscuridad. El avance del Estado Islámico
aterroriza, y con razón por cierto, porque la amenaza es inmediata, demente,
sin tapujos. Pero el peligro no comenzó con esos fundamentalistas ni existe
solamente donde ellos afianzan su influencia.
Hace algo más de dos años, cuando nadie hablaba
del Estado Islámico, viajamos a la frontera entre Turquía y Siria a conocer de
cerca la situación de los refugiados sirios que habían huido de la guerra.
Recordamos la cautela de todos aquellos a los que nos acercábamos a conversar.
Como un hombre que pidió no tomar fotos a sus hijos, lo cual por cierto
respetamos, porque «uno nunca sabe».Estaba en Turquía, a salvo en
principio, pero aún tenía miedo. Le preguntamos por qué, qué es lo que teme.
Hizo un gesto como diciendo » todo» y tocando la pared detrás suyo,
llevándose luego la mano a las orejas, aseguró: «Las paredes
escuchan».
Era hijo de una vida en la que el régimen no
es el protector de sus ciudadanos sino su constante amenaza, una vida sin
libertad.
Todos los regímenes que así tratan a sus pueblos,
son los responsables de lo que está pasando ahora en Europa. Por más que
también ciertas actitudes europeas de estos días merezcan críticas sin duda, el
pecado original no está allí, sino en los países que no respetan a sus
ciudadanos, que no les permiten vivir vidas dignas en libertad. Y que ahora,
claro está, ni abren la boca…tampoco los multimillonarios países petroleros
que podrían proporcionar de inmediato los fondos necesarios para crear,
inclusive en sus propios territorios, en áreas totalmente vacías, ciudades
enteras que den cobijo y salvación a los refugiados.
Ahí está el problema central. En todos
aquellos países donde no impera la democracia, un sistema de vida en el que la
votación en elecciones es un requisito imprescindible, pero lejos está de ser
el único. En algunos estalla finalmente una guerra por diversas razones, como
en Siria, donde comenzó por exigencias al régimen central de ciertas mejoras, y
donde todo se complicó al convertirse el país en escenario de puja entre las
diversas ramas del Islam y otros intereses llegados de afuera.
En otros, puede que el pueblo siga aguantando,
que no se llegue a una conflagración de la envergadura de lo que ocurre en
Siria desde hace más de cuatro años.
Pero en todos los países autoritarios, totalitarios,
de regímenes opresores y opuestos a la libertad, está el germen de la tragedia.
En todos hay muchos hermanos de Aylan, que no deberían morir.
Los hermanos muertos de Aylan, los culpables y las excepciones
07/Sep/2015
Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski