Un reciente episodio antisemita en Montevideo reaviva una advertencia inquietante: el odio no es una opinión, sino una amenaza real. A la luz de antecedentes como los crímenes de Héctor Paladino y el asesinato de David Fremd, el editorial llama a no minimizar estas señales y a asumir, como sociedad, la responsabilidad de frenar a tiempo discursos y actitudes que pueden derivar en violencia.
No hace falta realizar un profundo estudio histórico para comprender que el antisemitismo no entra en el marco de la libertad de opinión sino que es una actitud peligrosa que puede terminar con sangre. Y es grave también cuando no termina con asesinato. Pero lamentablemente, también en Uruguay ha llegado a pasar lo peor.
Hace pocos días tuvo lugar un nuevo incidente antisemita en Montevideo, cuando un hombre se acercó a un alumno de 13 años de la Escuela Integral, muy cerca de la institución, le gritó y le amenazó con decapitarlo. Se avisó a la Policía, que según informó el Comité Central Israelita, acudió al lugar con rapidez y detuvo al hombre en cuestión. Luego se procedió a presentar una denuncia y ahora todo está en manos de la Justicia. Al ser llevado frente a una jueza, el agresor no colaboró en nada ni respondió a preguntas, lo cual parece indicar que aunque se haya dicho que sufre de cierta psicosis, no es que no es capaz de planear lo que hace. ¿Tanto lío por un hombre que gritó?, dirán algunos. Sí, porque esa actitud, en medio de la calle, en la vía pública, es una señal. Y no hay que esperar a que ocurra algo peor para frenar al responsable.
Simbólicamente, este nuevo incidente antisemita se registró en la misma semana que conmemoramos el décimo aniversario del asesinato de David Fremd en Paysandú y que se publicó el libro del periodista Pablo Londinsky “El loco de la bandera. El caso Paladino: los crímenes del nazi que aterrorizó a Uruguay”. Entre todos estos eslabones, hay trágicamente un hilo conductor.
Vayamos cronológicamente.
A Héctor Paladino muchos lo conocían, tal cual escribió Pablo, como “el loco de la bandera” por la bandera nazi que tenía colgada en la esquina de su casa en Montevideo, en Javier Barrios Amorín y Gonzalo Ramírez. Puede entenderse que uno diga “qué loco”, más que nada en un país democrático como lo era nuevamente Uruguay en aquel entonces. Pero en diciembre de 1987, Paladino, que tenía fobia contra medios de comunicación y también contra los judíos, salió una mañana de su casa con una escopeta decidido a matar a Daniel Scheck, administrador de El País, al informativista de Canal 10 Omar de Feo, a Enrique Delfino de Canal 4, al empresario Simón Lazovski y a José Jerozolimski, mi padre, director de Semanario Hebreo. Finalmente asesinó a Delfino y a Lazovski y pudo herir a Nicolás, hijo de Daniel Scheck. A mi padre, que no estaba en casa, no llegó, gracias a la rapidez de mi madre que cuando tocaron el portero eléctrico y le dijeron “tengo un paquete para Jerozolimski”, preguntó de parte de quién, lo cual descolocó al potencial asesino. Cuando mi madre bajó, Paladino ya no estaba. Al día siguiente nos enteramos que el propio Paladino, al entregarse, contó que había ido a buscar también a Jerozolimski y no lo había encontrado.
Saltando casi 30 años en el tiempo, llegamos a Carlos Peralta, el maestro sanducero convertido al Islam que el 8 de marzo del 2016 asesinó a cuchilladas a David Fremd. Peralta solía acudir a un salón de juegos de video donde según contaron en su momento testigos presenciales, gritaba a viva voz frases antisemitas. Muchos habrán pensado “qué loco este tipo”…pero ese loco, convertido al Islam, se levantó un maldito día y buscó a un símbolo judío de Paysandú para matarlo en nombre de Alá.
Bien lo escribió uno de los tres hijos de David, Guille: “A mi padre no lo mató un loco suelto”. Si bien en toda expresión de odio extremo capaz de asesinar hay algo de locura ya que eso contradice la naturaleza humana, no se trata de “locos” que no saben lo que hacen.
En una entrevista concedida al diario “El País”, Pablo Londinsky destacó el punto central en todo esto:
“En el año 87 se dijo “esto no puede volver a pasar”. Se establecieron mecanismos para que no volviera a suceder y sucedió en 2016. ¿ Puedo decir en 2026 que no va a volver a pasar? Creo que no, con el resurgimiento de discursos altamente incendiarios”.
Discursos incendiarios, como ya hemos escrito repetidamente, de parte de figuras públicas, también de políticos, que difunden odio y escupen veneno. En los peores casos, en forma directa contra los judíos y el judaísmo, como hace un legislador que es una vergüenza que esté siquiera en el Parlamento. Otros, creen que con aclarar que critican a Israel, no al Judaísmo, todo bien. Cuando se demoniza al Estado judío con alevosas mentiras y palabras de odio, también se hace antisemitismo.
Por eso Pablo agregó: “Parte de la intención de este libro es que no se pierda la memoria de las víctimas pero también alertar. A mí me preocupa la pasividad. Me preocupa esa sensación de que estamos lejos de todo, de que acá no pasa nada. No, no. Pasa. Acá al lado volaron la embajada de Israel en 1992, acá al lado volaron la sede de la AMIA en 1994”.
Probablemente, ni el hombre que agredió verbalmente días atrás a un joven alumno uruguayo judío, ni los que hace unos meses corrieron a dos liceales judíos amenazándolos, sepan quién era Paladino ni qué pasó hace 10 años en Paysandú. Pero tienen la misma cabeza.
En la lucha contra el antisemitismo tienen que participar todos los uruguayos que quieren un país libre de fanatismo y odio. Judíos y no judíos. No es sólo un problema nuestro. El antisemitismo, que por supuesto no lo ha tomado todo en nuestro país pero que indudablemente ha aumentado, es un flagelo que daña a la sociedad. Se está naturalizando al perder la vergüenza todos los que escriben en las redes o aquellos que desde el Parlamento o en los medios salen a demonizar. Siguen siendo una minoría en Uruguay, pero son nocivos y pueden llegar a ser letales. Y ninguno puede ser visto como un loco suelto.