TESTIMONIO DE AZAR NAFISICABE PENSAR QUE en un país islámico las madres controlarían a las hijas para que cumpliesen el rol asignado en un mundo misógino y represor. Pero muy distinta es la historia de Azar Nafisi, la hija, autora del aplaudido best-sellerLeer Lolita en Teherán y de Cosas que he callado, un largo testimonio sobre su vida trenzada a la de su país, Irán.
Como a toda mujer de la segunda mitad del siglo XX, a la abuela le tocó el rol conservador. En los años 60, para su nieta, estudiante y perteneciente a una familia culta, el velo que exigía la abuela era un asunto remoto. En cambio, el conflicto madre/hija es puramente occidental: son independientes pero rivales. Y la madre no está enamorada del hombre que es su marido y padre de sus hijos. Abocada a aquella política que podía darse en el Irán del Shah -fue de las escasas mujeres parlamentarias de lo que alguna vez fue una monarquía constitucional en Irán- tuvo a Azar, una hija revolucionaria casada por segunda vez con un joven de izquierda, a quien conoció durante sus estudios en Estados Unidos. Él la politizó y la llevó de la resolución personal a la colectiva. Era un ingeniero vestido de jeans con quien Azar regresó a Irán: durante los once días efervescentes del 1º al 11 de febrero de 1979, creyeron que su país iba a dejar el absolutismo para convertirse en un lugar justo donde vivir.
Juntos concurrían a las masivas manifestaciones de principios de 1979, felices con la caída del Shah -autocrático aunque liberal en la vida cotidiana- y soñando con una revolución que hiciera de Irán una república progresista. Luego Azar Nafisi se jugaría la vida militando y enseñando textos occidentales en la Universidad de Teherán, donde debía dar clase con el detestable velo, y de la cual el régimen del Ayatola Jomeini terminaría por expulsarla.
LA HIJA REBELDE.
Si hubo conflicto entre madre e hija -dos generaciones de mujeres iraníes distintas- se trataba de las frustraciones de una madre que hubiera querido estudiar medicina, que seguía enamorada de su primer marido precozmente muerto, que decía «Ojalá hubiera sido un hombre» y que era omnipresente en una familia donde el padre estaba abocado a la política en peligrosas gestiones que finalmente lo llevaron a la cárcel del Shah.
La hija, Azar, creció desde niña como una intelectual enamorada de las Brontë, de Nabokov, de Jane Austen, de Flaubert, de Mark Twain, y por supuesto, de la antigua literatura persa. Concurrió a un colegio para chicas sumamente exigente. La severa directora del colegio llegó luego a ser Ministra de Educación y defensora de los derechos de la mujer. Años después, bajo el régimen de Jomeini, fue apresada y ejecutada en una bolsa de arpillera, colgada y lapidada (los fanáticos no pueden tocar el cuerpo de una mujer).
Azar también fue una entusiasta de la transgresora literatura contemporánea de su país, especialmente de la poeta Forough Farrokhzd, autora de poemas provocadores que convirtió «la idea de pecado personal en un reto a la autoridad, sobre todo la divina». Abrumada por la revolución islámica, al final de sus días la madre de Azar repetía con lujo de detalles las masacres y torturas del Irán teocrático e islámico que se había instaurado a partir de Jomeini: un régimen del terror que abolía todas las libertades conseguidas en el siglo XX y que, para triunfar, se aprovechó de miles de iraníes que, engañados y ciegos, apoyaron las revueltas que hicieron caer al Shah, sin adivinar que lo que vendría sería peor. Recuérdese cómo en la película Persépolis, de Marjane Satrapi, ésta les recrimina a un grupo paramilitar de fanáticos: «El Shah ejecutó a mi tío, pero ustedes ya mataron a 300.000».
También la madre de Azar, como todos, alguna vez había soñado que con la caída del régimen del Shah -desgastado e impopular- se impondría un país libre y justo. Pronto se convirtió en una obsesionada denunciante (en la intimidad de las reuniones en su casa) de la barbarie con que el islamismo radical había destrozado a su país. Y de cómo los habían metido en una guerra con Irak para debilitar, en realidad, a sus propios enemigos internos.
En Cosas que he callado, la hija rebelde sin embargo sigue el precepto de su madre: «no debes olvidar, recuerda todo esto, no debes olvidar». El consejo de la madre a su hija era que les transmitiera a sus niños aquellos grandes acontecimientos históricos de los cuales estaban siendo testigos: «No te olvides de contárselo-solía decir-. Debes contárselo todo».
El padre de Azar era un hombre extremadamente culto, que se abocó a la política y a la administración casi toda su vida, y que contaba a sus nietos las glorias del pasado persa, registradas en una hermosa literatura. Cuando su nieto, Dara, en plena desoccidentalización del Irán de Jomeini, pide una y otra vez un disfraz del Zorro, el abuelo lo insta a que se disfrace de otro modo: «Hay tantos grandes héroes iraníes. ¿Por qué no quieres ser como Rostam o Kaveh?» Pero el niño, agobiado, responde: «No me gustan los héroes iraníes. Tienen pistolas y quieren matarnos». El abuelo, sabiamente, responde: «No siempre las cosas fueron así: Cuando era niña, tu madre podía ir a cualquier sitio y hacer cualquier cosa». Entonces el niño, nacido y crecido en el régimen islámico lleno de prohibiciones, contesta: «Entonces quiero que sea como antes».
ESCRIBIR EN LUGAR DE CALLAR.
Como muchos iraníes, los Nafisi acostumbraban enviar a sus hijos a estudiar a Occidente. De adolescente, Azar estudió en Inglaterra y luego ganó becas en universidades norteamericanas. Pero el amor a Irán y el deseo de que su país fuera libre la obligaban a regresar. Allí quería que crecieran sus hijos.
La segunda parte de este libro de 400 páginas, se aboca a contar lo sucedido en su país desde 1979. Una ciudad como Teherán, hermosa y con un paisaje de montañas, con calles llenas de pequeñas tiendas que olían a café y a cuero, con minorías religiosas -como armenios, judíos y aquellos que aún seguían la antigua religión de Zoroastro- con mujeres vestidas con elegantes vestidos años 50 y peinadas a lo diva de cine, con una brillante vida cultural, se convirtió de pronto en una inmensa cárcel.
Nafisi lo cuenta desde su mundo íntimo, privado: la relación con la familia, sus padres, sus parientes -varios ejecutados o desaparecidos-, sus amigos, sus alumnas, su trabajo de profesora en una universidad donde pronto se ve acosada por reglamentaciones represoras y cambios de planes de estudio. Pero también escribe sobre la resistencia. Al igual que la dibujante de cómics y cineasta Satrapi, relata cómo las personas lograban escapar de tal cúmulo de prohibiciones en el interior de las casas, con ventanas cerradas, bailando rock y tomando alcohol clandestino elaborado en las bañeras.
Uno de los momentos más angustiantes del libro es cuando un comando de islamistas radicales detiene el coche de Azar, su marido y sus niños, en una carretera, cuando estaban de vacaciones, porque ella, a pesar de llevar el velo, dejaba ver su pelo en lo alto de la frente. La escena, donde la familia discute con los fanáticos armados y logra que los comensales de los restaurantes vecinos se rebelen y griten a coro «¡Abajo el velo!», culmina con toda la familia en la comisaría, de donde logran escapar en el auto, en un acto inaudito de coraje.
También resulta bastante deprimente que el padre de Azar, quien había sido un hombre incorruptible durante el régimen del Shah -y por eso había permanecido cuatro años preso- termine sus días dando «coimas» a los milicianos islámicos que se apropiaron de sus tierras vecinas al Mar Caspio, donde tenía una casa para veranear.
COSAS QUE HE CALLADO, de Azar Nafisi. Duomo, 2010. Barcelona, 405 págs. Distribuye Océano.
Lo que se calla en Irán
16/Nov/2012
El País Cultural, Andrea Blanqué