Lo peor está por venir

22/Sep/2014

Israel en Línea, Daniel Kupervaser

Lo peor está por venir

Ante la creciente ola de
manifestaciones antiisraelíes y antijudías como consecuencia del operativo
«Margen Protector,» Jack Terpins, presidente del Congreso Judío
Latinoamericano, afirmó que «la situación nunca ha sido tan mala para los
judíos de nuestra región» [1].
Efectivamente, este
distinguido líder de la diáspora judía está en lo correcto. Lo que Terpins y el
resto de las direcciones comunitarias judías del mundo no prestan atención es
que, muy probablemente, lo peor está por venir.
No debe haber una manera
más acertada para caracterizar el comportamiento de Israel y el liderazgo judío
de la diáspora más que traer a la memoria las palabras Haim Ramón, ex
parlamentario y ministro de Israel. Como paráfrasis de su famoso discurso se
puede afirmar que el Estado judío se abalanza una y otra vez sobre Cisjordania
como queriendo suicidarse, al igual que una ballena arremete sobre la playa
después que perdió el sentido de la orientación [2].
La prudencia del Gobierno
israelí de 1967 lo condujo a declarar que mantendría el dominio de los
territorios conquistados en la Guerra de los Seis Días como una carta a ser
jugada en un futuro acuerdo de paz. De nada le valió. Partidarios del «Gran
Israel» guiados por rabinos con visiones mesiánicas tiraron por la borda los
argumentos de seguridad del Ejecutivo para terminar arrastrándolo a una
insaciable expansión territorial erigiendo un enjambre de asentamientos y
avasallando población nativa para beneficiar colonos judíos.
Sin ninguna diferencia
partidaria, el problema palestino se convirtió en una espina en la garganta del
pueblo judío: no la puede tragar ni escupir y cada día se hinca en lo más
profundo del proyecto sionista.
Bibi Netanyahu, que exige
que Israel sea reconocido como Estado judío, pregona su predisposición a la
solución de dos Estados para dos pueblos. Las políticas expansionistas del Gobierno,
tal como lo atestigua la última expropiación de tierras en Gush Etzión,
demuestran que sólo se trata de un disfraz para proyectar al mundo una falsa
imagen transigente y pacífica de Israel.
Todo intento serio de
erigir un Estado palestino independiente seguramente será abortado por los
sectores allegados a los asentamientos, tanto por las buenas (elecciones) como
por las malas (asesinato de Rabín). Se terminaron las retiradas obedientes y
los palestinos pueden olvidarse de sus aspiraciones de independencia. Todos los
aportes de declaraciones, encuentros y gestos por la paz no son más que
pretextos y promoción personal de dirigentes impotentes en la materia.
Abandonando la vieja
tradición judía de la polémica y controversia, líderes de prácticamente todas
las diásporas judías corren detrás del oficialismo israelí otorgando un
inexplicable apoyo incondicional y robótico. En ojos de amplios sectores
democráticos del mundo, aparte de aquellos tradicionalmente antiisraelíes y
antijudíos, esta actitud necesariamente convierte a todos los judíos del mundo
en cómplices y responsables de la opresión de un pueblo por otro.
La necesidad de
profundizar la sumisión y dominio por la fuerza de la población civil palestina
y los periódicos enfrentamientos ante quienes se rebelan (pacífica o
agresivamente) crearán necesariamente una permanente escalada en los niveles de
violencia. Este conflicto, en ojos de muchos, entre Goliat (Israel) y David
(palestinos), se convierte en catalizador de la incorporación de nuevos
sectores en manifestaciones cada vez más acometedoras y provocadoras, ahora no
sólo antiisraelíes, sino también antijudías.
Bajo estas circunstancias
nadie se debe sorprender de un creciente clamor popular tildando a Israel, el
sionismo y/o el judaísmo como responsables de discriminación, opresión y
colonialismo. El silencio o anuencia de los representantes del judaísmo del
mundo ante conductas claramente transgresoras de normas democráticas e
internacionales, criticadas (aunque no reprimidas como era de suponer) por sus
amigos más cercanos como Estados Unidos y la Unión Europea, termina por
legitimar esas manifestaciones tan incómodas para el judaísmo.
En tanto líderes de las
comunidades judías del mundo no cambien su actitud, lo peor está por venir.
Tal vez, valga la pena
que estas personalidades presten atención a Zeev Sternhell, profesor de la
Universidad Hebrea de Jerusalén y uno de las mayores autoridades mundiales
sobre fascismo. «El antisemitismo no desapareció en 1945, pero es un hecho que
hasta principios de la década de los ’70
no existía en Occidente una sociedad más apreciada que Israel. Las críticas
comenzaron cuando se dieron cuenta que Israel no tiene intenciones de abandonar
los territorios conquistados. En tanto se profundizaba la opresión y se
perfilaba un poder colonial, la oposición se convirtió en hostilidad. No nos
odian, odian el colonialismo» [3].
Ojalá me equivoque…
[1] Entrevista
radiofónica en Radio Jai; 15.9.14.
[2] Convención del
Partido Avodá; 30.1.94.
[3] «Odian el
colonialismo, no a nosotros»; Zeev Sternhell; Haaretz; 19.9.14.